¿Es posible la Paz?


¿Cómo es vivir en un país en paz? Esa era la pregunta que yo me hacía cuando moraba en Colombia y estaba cansada de tantas noticias de muertos, secuestros, robos, extorsiones y carteles de droga.
Hoy, 17 años después de permanecer aquí en Japón, puedo decir que respiro vientos de paz, que este país tiene innumerables ventajas y gente muy especial y emprendedora que con mucha paciencia y disciplina ha logrado que las semillas de la paz den sus frutos.
Lo que más me gusta es poder andar por la calle de día o de noche libre de preocupaciones porque no hay robos, y si se presentan, son combatidos con mucha eficiencia. Igual los asesinatos; la policía trabaja arduamente, sin importar los años, para seguirle la pista a los asesinos, capturarlos y darles el castigo que se merecen de acuerdo con sus propias leyes.
En Japón también se siente el ambiente de respeto por donde quiera que vayamos, en el tren, en el bus, nadie le arrebata el turno al otro. Igual en los supermercados o en el banco, se hacen las filas calladamente.
Al conducir también se siente mucho respeto por la vida. Al cruzar una esquina se le da la vía al peatón, al ciclista, al minusválido o al anciano que atraviesa lentamente la calle. Para obtener una licencia de conducir hay que pasar por exámenes rigurosos.
El esquema de vida también es diferente por acá. Estaba acostumbrada a las unidades residenciales y parqueaderos encerrados y vigilados las 24 horas pero aquí puedo dejar mi carro al descubierto y no hay problema de robo. Incluso la casa puede quedar sin seguro y no pasa nada. Claro que no es prudente hacerlo.
Me llaman la atención muchas cosas: por ejemplo, que no hay niños en la calle ni gente pidiendo limosna. Y me pregunto ¿por qué? Mi experiencia de vida me ha permitido observar que de verdad hay una verdadera preocupación del Estado por proteger a sus habitantes, invertir en obras y cubrir sus necesidades básicas. Existen apartamentos manejados por el municipio o la provincia para familias de bajos recursos y subsidios para madres separadas o cabeza de familia.
La atención en salud es muy buena, es responsabilidad del Estado y este cubre el 70% del servicio.
Los sueldos dependen de cada región, y por mínimos que sean, alcanzan para las necesidades de los trabajadores. Igual, el seguro de desempleo es obligatorio. El ambiente de trabajo también es muy cordial y no se observan peleas, ni actos de violencia. En las escuelas también se busca la armonía aunque la discriminación sigue siendo tema preocupante. La educación es casi gratuita.
Algo también que me ha llamado mucho la atención es que aquí no hay una estratificación social marcada. Hay gente de nivel muy alto y son unos pocos pero no presumen de serlo. No obstante, la gran mayoría vive bien y son muy sencillos. Hay una minoría que viven en la calle pero son desadaptados y están censados. Parece que este fenómeno aumentó con el maremoto del 2011, pero aún no hay datos confirmados.
Sin embargo, llegar a este equilibrio social no ha sido fácil pues Japón ha vivido muchas eras o etapas y algunas muy duras como los bombardeos nucleares durante la Segunda Guerra Mundial en 1945. El país pasó de ser un imperio expansionista y poderoso a un país pobre, sometido y humillado a los Estados Unidos. Esta lección los marcó tanto que con mucho esfuerzo, perseverancia, sabiduría y paciencia lograron convertirse en potencia mundial. Y fueron los mismos ciudadanos, que trabajando duramente y unidos, formaron pequeñas y grandes empresas y superaron los inventos de su enemigo y se convirtieron en exportadores de tecnología. Es tal la disciplina de esta sociedad que busca el perfeccionismo en todo y fue precisamente después de la guerra que las artes manuales como el origami empezaron a desarrollarse porque había una consigna clara: aprender a manejar el tiempo libre y olvidarse de la tristeza y la depresión. Esa meticulosidad en todo es visible no solo al fabricar una pieza sino hasta en su forma de saludar o despedirse.
Y para terminar, solo me falta decir que la honradez es la gran cualidad de los japoneses. El nivel de corrupción de sus dirigentes es tan bajo que cualquier acto de este tipo es considerado como una «vergüenza social», los implicados incluso piden perdón por televisión y en el peor de los casos se suicidan.
Con todos estos ingredientes el pueblo japonés es digno de admirar y seguir su ejemplo.
Deseo fervientemente que los colombianos empiecen a disfrutar de las bondades de la Paz y quiero que trabajen unidos en pos de este noble objetivo, eso sí, con mucha perseverancia y tolerancia porque la guerra no ha dejado nada bueno.
Hace muchísimos años que no voto, pero el próximo 2 de octubre lo haré con mucha fe porque yo sí creo en la paz.



