PINZÓN



Nadie me lo cree. Hasta Peláez me ha dicho al aire que es culpa de la luna llena o de mi imaginación de novelista y que la posibilidad de que el exembajador Pinzón sea candidato presidencial, de consenso entre Uribe y Santos, solo cabe en la mente de un iluso.
Sin llegar a la terquedad. Tan solo amparándome en la esperanza de que algún día, por alguna parte, debe acabar esa polarización absurda que hemos tenido los últimos 8 años, dividiendo al país entre los criterios y los apoyos de Santos y Uribe, esbozo un sencillo análisis de personalidades y necesidades.
Para todos es absolutamente cierto que el presidente Santos no solo perdió la gana de gobernar sino que ya no tiene intereses terrenales como los de volver a vender a muy buen precio las acciones de El Tiempo, que ya no son de él. A Santos lo que le interesa realmente es pasar a la historia. Lo ha hecho, lo está haciendo y puede terminar de hacerlo.
A Uribe, lo sabemos los colombianos, no le gusta ni ganar ni perder. Cuando gana se asusta como el 2 de octubre y cuando pierde, se derrumba anímicamente hasta esconderse. A Uribe lo que le fascina es negociar. Es negociando cuando se le identifica su carácter y su capacidad de mando.
Pues bien, si el uno quiere acomodarse en el nicho de la historia y el otro entronizar sus habilidades de negociante máximo, qué mejor que sentarse a buscar la manera de entre los dos elegir presidente a un amigo común como Juan Carlos Pinzón, criado en cuarteles, bendecido por los gringos, pobre de capital y con pinta de modelito de Arturo Calle. Sería un gesto patriótico de los dos. Y como todo es posible en la dimensión desconocida, imaginémoslo.
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