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domingo 1 mayo, 2011 a las 6:22 pm

¿Perdón o Reconciliación…?

Por: Luís Barrera
Angélica Pillimué Noscué es una de las tantas viudas de la absurda violencia que los grupos al margen de la Ley en el sector del Naya caucano sembraron con terror y originaron el desplazamiento forzado de centenares de indígenas, campesinos y colonos de la región.
Por casualidad me la topé en la plaza de mercado de Santander de Quilichao y tuve la oportunidad de conocer de primera mano la espantosa narración de uno de los hechos más sangrientos y perversos cometidos contra indefensos habitantes de este estratégico sector rural del Cauca, desde cuyas faldas montañosas se divisa el majestuoso Litoral Pacífico.
Madre de 4 menores y prácticamente abandonada a su suerte en una población que aún no ha podido asimilar por los nefastos recuerdos de la cruenta muerte de su compañero y 13 parientes cercanos más entre hermanos, primos, sobrinos y tíos, esta humilde mujer que se gana la vida vendiendo frutas y verduras, no ha podido borrar de su mente esta mala jugada en su pequeño mundo de incomprensiones.
Aunque habla pausadamente, se nota que en su corazón anidan aún sentimientos encontrados al haber podido salvar milagrosamente su vida y la de sus hijos, pero la angustia de haber perdido tantos seres queridos y conocidos.
Aunque, perdonar es el camino de la sanación… es el dejar marchar la dureza que se tenía hacia una persona, soltando todas esas cosas que abrigábamos contra esa persona y soltándola de ese vínculo… para esta agredida mujer, perdonar va a ser un proceso que dure toda su existencia.
Y ante historias comunes como su caso podemos llegar a la práctica conclusión que perdonar no es lo mismo que justificar, excusar u olvidar. Que perdonar no es lo mismo que reconciliarse. La reconciliación exige que dos personas que se respeten mutuamente, se reúnan de nuevo. El perdón es la respuesta moral de una persona a la injusticia que otra ha cometido contra ella. Uno puede perdonar y sin embargo difícilmente no reconciliarse, como en el caso de esta indígena maltratada por los embates de la violencia.
El perdón, ciertamente, no surge en el hombre de manera espontánea y natural. Perdonar sinceramente en ocasiones puede resultar heróico. Aquellos que se han quedado sin nada por haber sido despojados de sus propiedades, los desplazados y cuantos han soportado el ultraje de la violencia en este país, no pueden dejar de sentir la tentación natural del odio y de la venganza, aunque hoy estén reclamando justicia y reparación.
Mientras en el Congreso de la República nuestros legisladores después de amplios debates y fuertes controversias, sacan adelante un instrumento legal que haga de alguna manera justicia en favor de los miles de víctimas de la violencia, para poder perdonar a sus agresores, la víctima debe comprender ante todo que lo sucedido fue una ofensa.
Debe reconocer que ella es tan valiosa como todas las demás personas, y que sus necesidades y sentimientos son importantes no solo para su familia, su comunidad sino para el propio Estado. Si intenta perdonar antes de valorarse, su perdón no será apropiado. Hasta que la víctima comprenda el valor que tiene como persona, no se respetará a sí misma porque al fin de cuentas la inmensa alegría del perdón, ofrecido y acogido, sana heridas aparentemente incurables, solo restablece nuevamente las relaciones y tiene sus raíces en el inagotable amor de Dios.
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