Peatones


Asediada por este sube y baja cada vez que debo desplazarme en el único medio de transporte que poseo: piernas articuladas a mis dos llovidos y asoleados pies, concluyo: soy uno más entre los toreros anónimos que animan estos tendidos de sol o estos palcos de sombra, siempre esquivando ese miura que con el nombre de automóvil o motocicleta se adueñó de calles y andenes y bufa embiste como si hubiera adquirido título de propiedad sobre el espacio público. Es decir, no soy más que una devaluada peatona, un ejemplo de obsolescencia, un periódico de ayer.
Popayán no escapa al delirio colectivo. Como toda localidad que se respete, rinde tributo a la máquina convirtiéndola en referente de adelanto y civilización. Más de una vez, después de haber recibido generosas chisgueteadas de agua sucia en cualquier calle llovida, me ha tocado observar cómo el animal humano se crece hasta desbordarse detrás de un volante. Lo que llamamos sobradez irrumpe en los ademanes y las palabras de quienes se sienten en esos momentos poco menos que primos hermanos de superman o de la mujer maravilla. La sacralización de un mundo férreamente adobado con tuercas, palancas, latonerías o llantas desbocadas, logra lo que ni Einstein consiguió en tantas “noches de claro en claro y días de turbio en turbio”: la canonización de la velocidad.
No entiendo cómo en pleno siglo XXI los individuos de a pie hayamos desaparecido tan olímpicamente del inventario ciudadano. En la planificación de la circulación urbana y el reconocimiento que merece cada uno de sus habitantes, el peatón NO EXISTE. Es tanta la alienación social que solo el poder ciego da pasaporte de ciudadanía ¿Y qué mayor garantía de fuerza que estas cuatro ruedas super urgentes y desprovistas de corazón?
Por lo tanto, es pertinente recordar a los ciudadanos y ciudadanas bi o cuatrimotorizados que cuando perforó nuestros tímpanos el primer rugido de sus fieras en celo, ya nosotros, los hoy desposeídos del derecho a caminar en paz, estábamos aquí. Hay avenidas en Popayán que parecen construidas solo para acrecer egos y descabezar intrusos. Una de ellas es la carrera novena a la altura de los módulos de Catay. Intentar atravesarla y no morir en el intento es una proeza mayor que el empate Colombia-Chile. Quien se atreva a cruzar este Rubicón puede quedar como Ricaurte en San Mateo. No hay un semáforo peatonal o una cebra que recuerden la existencia del espantapájaros pedestre, temeroso exiliado, residuo de una especie en vías de extinción. Andar a pie en Popayán es obra de urgidos o de locos. Al paso que vamos, quedará reducida a interminables filas de popas y proas metálicas. ¡Bravo tiempo infranqueable, manzana edénica! ¡Bienvenidos el hombre y la mujer blindados! ¡Fuera el pequeño gusano que comete el error imperdonable de respetar la supervivencia de la especie administrándose con sus propios recursos!



