PARA UNA MADRE TODOS LOS DÍAS
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Hacemos homenaje hoy a un ser divino. Sin rayos en la mano ni ojos entornados.
Es el símbolo de la fecundidad y la ternura. Es mujer, de estatura de árbol y vientre de virgen florecida.
Sus manos son dos fuentes de abundancia, inagotables, pues llenan nuestros días.
Tiene brazos colosales. Nos han sostenido a los hijos por mil noches con sus horas y sus días,
en la enfermedad, en la salud, en las tristezas y alegrías.
Han amasado pan, anhelos, amarguras, caricias y perdones con su sangre y su entrega diaria.
Sus pechos bendecidos nutrieron nuestra vida y en él descansan las pasiones y las luchas.
De su boca salen cantos de cuna, de advertencia y consuelo en la pena.
Tiene en si la virtud de la sombra, del sol, del agua y del rocío.
En ella encuentran sus hijos la verdad, el camino, el escudo y las respuestas a las incógnitas.
Es tu cuerpo roble, Madre, mesa, altar, diván, alimento y hartura sin medida.
Con nada te quedas, nada te guardas. Tu aliento, tu sangre, tu descanso…. todo lo entregas.
Bendita Madre ha sido puesta en la tierra como supremo don para los humanos.
Y a veces no lo pensamos…
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