¿PARA QUÉ ESCRIBIR?


¿PARA QUÉ ESCRIBIR?

No me acuerdo si alguna vez puse este título en alguno de mis escritos. Posiblemente. Porque a veces me pregunto cuando me siento ante la pantalla en blanco en la mañana: ¿Por qué me senté? Por la costumbre santa y el placer de escribir. La hora, el sitio, la sed de quitarle el blanco a la página que espera, son razones mayores.
Pues, sí… Escribir en una costumbre sana, como ponerse polvos en las axilas y en los pies. De la marca que sea. Y escribir es cosa obligatoria porque el tiempo no puede pasar en blanco. Y habrá alguien quien espera al otro lado.
Para desfogar el ansia de decir verdades, o rabias, o puntos de vista, para responder sandeces, o para tratar de convencer cuando ya todo parece perdido… Se escribe por vocación. Yo lo hacía desde que mi padre me puso en las manos un cuaderno y me invitó a marcarlo con mi nombre. Así, como está arriba, después del tema.
Definitivamente, escribir debe ser una costumbre. No es solo rayar con unas líneas o unas letras o números una hoja de papel. Es dejar la seña, la bandera plantada, la sangre, la manera de pensar, la rabia, el gusto, la fruición expresada en un poema o una carta o una simple frase que resuma todo lo que se quiera hacer constar.
Escribir es más que pronunciar una palabra o frase o de insulto o alabanza o amenaza. Es tomar la palabra para animar, proponer, respaldar, preguntar, responder, discurrir sobre una idea o pontificar como lo hace el papa. Pontificar, es como levantar, construir un puente cuando hay que pasar de un estado de ánimo a otro, o de una indecisión al acuerdo.
Escribir debe tener una intención muy definida. Levantar la voz de protesta ante una injusticia, para exigir un derecho, para solicitar un apoyo, o para informar sobre un proyecto. El hecho de sentarse y emplear un tiempo para reflexionar y plasmar lo pensado en un escrito ha hecho saltar de su asiento a muchos que dudaban o no se daban cuenta de una situación amorfa. Tanto el que escribe, porque concreta una duda o aclara un concepto o muestra argumentos hasta ahora no esgrimidos, como que ha leído. Porque podrá tener elementos con qué pensar de nuevo y contestar y pasar a las conclusiones u obras.
La palabra dicha puede ser como una bomba, explosiva, cuando se dice en un momento en que nadie lo esperaba o cuando la necesidad apremiaba. O puede llegar como un aviso o una admonición que prevenga algo que se viene encima y antes que sobrevenga.
Generalmente, la palabra escrita tiene una fuerza avasalladora porque es fruto de la meditación y la calma. Responde unos interrogantes, sugiere unas causas y propone unos remedios o soluciones. No es fruto de la improvisación o la emoción o la ceguedad del momento o la discusión. Un escrito podrá decir ahora y siempre si hubo razones y peso en una decisión.
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