«PÁJAROS DE VERANO»



El solo nombre es poesía. Y pronunciar las tres palabras se hacen miel en la boca. Lástima que en Colombia no tenemos esa estación, como en otras latitudes. Aunque sí tenemos unas regiones y ciudades en donde todo el año parece verano.
Pero tenemos pájaros en cantidades, aunque se han ido desapareciendo, como también ocurre con ríos, quebradas, manantiales, árboles, flores, abejas, zorros, selvas. Hay pájaros que traen en sus alas agua, como las golondrinas. Y todos traen también bajo sus alas un almizcle que atrae a las hembras en época de celo.
Apenas he ido a la Guajira una vez y sentí el calor de la inmensa arena. Sentí la soledad cerca de Paraguachón y no se acababa el desierto hasta llegar a Santa Marta. Llegar a Riohacha la capital de ese departamento tan sufrido me produjo una sensación de hielo en el alma. Ya hace casi 40 años. La arena llegaba hasta la pista del aeropuerto. Y sus gentes lo miraban a uno como seres venidos desde el otro mundo.
Este título de la nueva película de Ciro Guerra y Cristina Gallego, rodada en esa parte de una Colombia desconocida y como perteneciente a otro continente, es una proeza. Debe ser bella con ese mar azul del que no me acuerdo ya sino un poquito. El recuerdo es tan vago y fue tan escaso el tiempo que permanecí en el hotel por una comisión que debí cumplir en el INTRA por allá en 1973.
¿De qué pájaros hablará esta película? ¿De los lentos y torpes alcatraces que se emborrachan como cualquier beodo en una tienda y se echan a dormir sobre la quilla de una barcaza? Me pongo a pensar en los copetones, en los toches, los petirrojos o mirlas o bichofués y sé que no viajarán desde esta parte apartada donde habitan nuestros pájaros del interior.
El director de la película por algo le ha puesto un nombre tan sonoro. Deben ser unos pájaros grandes, de alto vuelo y mirada profunda, cazadores de peces, seguramente. Deben ser gigantes o de plumaje brillante. No serán las mariamulatas negras ni las gaviotas que forman colonias o batallones que sobrevuelan la gran península. Tal vez sean las colonias de frailecillos de pico córvido rojo y patas cortas rojas o el Tiranuelo Murino o los alciones de colores que invocó Isaacs en su poema Saulo.
No serán las garzas blancas reales o los flamingos rosados o rojos ni las gaviotas que ondean como el mar sobre los aires de todas las playas del Pacífico y del Atlántico.
El título de la película basta para poner a soñar a los cineastas. Las reseñas que empiezan a circular son parcas pero la experiencia de El abrazo de la serpiente hace presumir que esta será una cinta que la supere.
La expresión «Pájaros de verano» evoca un ambiente de calor, de vaho casi incoloro y envolvente, lleno de olores a resinas, corales y especies marinas relativas a esa parte de nuestro territorio.
04-05-17 3:50 p.m.



