Oportunidad histórica convertida en oportunidad perdida

Imagen de referencia, tomada de: https://www.facebook.com/FranciaMarquezMina
La gestión de Francia Márquez al frente de la Vicepresidencia y del Ministerio de Igualdad
no estuvo a la altura del momento histórico que ella misma representó.
Por Alfonso Luna Geller / Pocas veces en la historia reciente de Colombia una figura política había llegado al poder cargando tanto simbolismo y tanta esperanza. Francia Márquez Mina, activista de territorios y luchadora ambiental, se convirtió en 2022 en vicepresidenta de la República.
Para millones de colombianos, especialmente para las comunidades del Pacífico, su llegada a esa cumbre se convirtió en una esperanza casi mesiánica. Fue la prueba de que el Estado podía, por fin, mirar hacia los que siempre había ignorado. El símbolo era poderoso. El mandato, inmenso. Los resultados, resultaron insuficientes.
Este viernes, en la Universidad Libre de Cali, Márquez protagonizó el acto de cierre de su gestión: ante instituciones, comunidades étnicas, academia, sector privado y ciudadanía, presentó la Política Pública para el Desarrollo Integral del Pacífico —CONPES 4148— y rindió cuentas de las misiones adelantadas desde la Vicepresidencia en la región.
Sus palabras fueron, como siempre, potentes: «Mi gestión ha estado fundamentada en la restauración de la dignidad de nuestros pueblos. La igualdad debe dejar de ser una promesa para convertirse en una realidad». Sin embargo, sonaron a despedida anticipada: su regreso al activismo una vez concluya el gobierno el próximo 7 de agosto, y apeló a las comunidades para que sean las que hagan germinar lo sembrado.
Es precisamente desde ese escenario, cargado de simbolismo y de palabras bien intencionadas, desde donde me permito plantear la pregunta que miles de caucanos y habitantes de la región del Pacífico nos hacemos en silencio: ¿cuánto de lo prometido se convirtió efectivamente en realidad?
Para materializar esa promesa, el Gobierno Petro creó el Ministerio de Igualdad y Equidad, una entidad diseñada, según sus propias palabras, «a la medida» de la Vicepresidencia.
La expectativa era que el Estado transformara el discurso de la equidad en política pública concreta, con metas verificables, indicadores medibles y ejecución real. Lo que quedó, tras cerca de dos años de gestión al frente de esa cartera (junio de 2023 a febrero de 2025), fue una institución cuestionada por su baja ejecución presupuestal, fragmentada en cinco viceministerios, señalada en debates de control político en el Congreso, y sin impacto demostrable sobre el coeficiente Gini, que debería ser el termómetro principal de su razón de ser.
Los datos son elocuentes y merecen ser leídos con atención.
El programa Jóvenes en Paz, una de las apuestas más visibles del despacho, fue calificado como fracaso por el propio presidente Gustavo Petro: de 100.000 jóvenes prometidos, apenas 432 fueron vinculados en una primera fase. Al cierre de la gestión, la Vicepresidencia reportó 15.818 jóvenes con acuerdos de participación, menos del 16% de la meta. En materia de infraestructura educativa, la construcción de la sede de la Universidad del Valle en Suárez recibió una inversión de 52.000 millones de pesos y ofreció apenas tres programas académicos: de 820 bachilleres graduados en los municipios del área durante 2024, solo 10 accedieron a la educación superior. En el Pacífico, el Fondo Todos Somos PAZcífico impulsó proyectos de agua y saneamiento, pero de 17 licitaciones abiertas, una sola fue adjudicada. Proyectos como el refuerzo del acueducto de Quibdó, por más de 4.000 millones de pesos, siguen sin ejecutarse.
En el plano simbólico, la Comisión para las Reparaciones Históricas, creada mediante decreto en mayo de 2023 para atender siglos de racismo y exclusión estructural hacia los pueblos étnicos, sigue en la fase de construcción de su plan nacional. Lo urgente cedió ante lo administrativo, y lo administrativo nunca terminó de arrancar.
Frente a este balance, la vicepresidenta optó por un relato que reconozco como parcialmente válido, pero insuficiente como explicación. Márquez ha denunciado racismo, sabotaje interno y exclusión dentro del propio Gobierno: «Somos útiles para ganar elecciones, pero no para gobernar», afirmó en declaraciones públicas. Esa denuncia merece ser tomada en serio y no puede descartarse de plano. El racismo institucional existe y opera de maneras que no siempre son visibles. Sin embargo, una líder que durante décadas enfrentó amenazas, desplazamiento y persecución no puede, en ejercicio del cargo más alto al que ha llegado una mujer afrocolombiana en la historia del país, reducir su balance a la descripción de obstáculos. Los obstáculos son el punto de partida, no la conclusión.
Llegar al Estado es un logro; gobernarlo es otra competencia. El activismo, la legitimidad comunitaria y la trayectoria de lucha son condiciones necesarias pero no suficientes para dirigir instituciones de alta complejidad técnica y presupuestal.
Esa transición requiere equipos sólidos, andamiaje técnico y voluntad política del conjunto del Ejecutivo. Al parecer, ninguno de los tres estuvo plenamente disponible.
Lo que más duele, y que tengo la obligación de señalar con claridad, es la deuda con las propias comunidades que Francia Márquez representó.
El Cauca y el Pacífico, territorios que la vieron crecer y que depositaron en ella una confianza histórica, terminaron este cuatrienio sin agua potable garantizada en veredas enteras, con proyectos inconclusos, con jóvenes en riesgo, algunos matándose casi como deporte, sin programas que los acompañen y con instituciones que prometieron pero no ejecutaron.
Francia Márquez seguirá siendo un hito en la historia política de Colombia. Su llegada a la Vicepresidencia abrió una conversación que este país necesitaba y que no debe cerrarse. Pero los hitos no alimentan familias, no construyen acueductos ni sacan a los jóvenes de la violencia. El Estado no se transforma con símbolos: se transforma con resultados. Y en esa dimensión, la gestión de Francia Márquez terminó siendo, con todo el respeto que su trayectoria merece, una oportunidad histórica que no estuvo a la altura de sí misma.
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