Omar y Macondo


Foto: Extra
Omar y Macondo

El viernes pasado, por las redes sociales me enteré de la muerte de Omar Lasso Echavarría y al pasar, en horas de la tarde, por la carrera 5ª, entre calles 3ª y 4 ª, capté el contraste luctuoso que presentaban las puertas y ventanas cerradas y la calle vacía al frente de donde estuvo la librería Macondo; mientras a los lados, las cafeterías habían volcado las mesas sobre la calzada, donde al calor de las bebidas bullía el rumor de las conversaciones entre parejas y contertulios de todas las edades, la mayoría jóvenes…
Conversaciones que, al calor de licores y cocteles con nombres sugestivos, en las dos mesas frente a los estantes, había improvisado Omar para que especialmente los fines de semana, se encontraran los profesores de la Universidad del Cauca que le encargaban textos, los bibliófagos, y quienes habían publicado algún libro o aspiraban a hacerlo, hace más de 30 años, poco después del terremoto, cuando Omar, con su vena de nariñense por parte de padre, y de paisa y vasco, heredada de su madre, después de trasnochar en la recepción del hotel Camino Real y vender libros de contado y a crédito, en los pasillos de la facultad de humanidades, donde estudiaba filosofía, con sus ahorros había instalado la Librería Macondo, al lado de la tradicional heladería de Baudilia.
A mitad de la cuadra, en una de las mesas me encontré al poeta Carlos Fajardo acompañado de Tololón Paz y Mario Delgado, todos fundadores del grupo literario La Rueda, (1979-1986), al que también perteneció, cuando estudiaba Derecho, en Unicauca, el hoy alcalde Juan Carlos López, que, peatonalizando esta calle, en las tardes de los viernes de quincena, pretende fomentar el turismo, al igual que su antecesor.
Mientras degustaba una cerveza, Carlos Fajardo, después de publicar varios libros de poesía y ensayo, jubilarse en la Universidad Central de Bogotá y conducir varias entrevistas multimedia a escritores y artistas para “Le monde diplomatique”, recordó sus tiempos de estudiante de Literatura de Unicauca, cuando antes del terremoto, en tabernas como “La Flauta Mágica” de Claudio Tabucci, ubicada en el primer piso del Hotel Limbergh, (donde hoy está el parqueadero de la Alcaldía) para sostenerse interpretaba canciones de Serrat y otros cantautores y cargado de sus primeros poemas escritos a mano desde que se bachilleró en el Santa Librada de Cali, Omar Lasso, que era de los pocos dueños de una máquina de escribir, se ofreció a pasárselos en limpio, mientras se los dictaba en su habitación de las extintas residencias estudiantiles “Tuto González”.
Esperando la aromática, qué por disidente al no pedir cerveza, nunca me sirvieron, cuando notaba el vacío al frente de donde estuvo Macondo, como fugaces flashes fotográficos por mi mente pasaban imágenes como la de la gran celebración al cumplir 50 años de vida, que le hicieron al poeta Giovanni Quessep sus colegas profesores de la universidad, entre los que estaban Guido Barona, Herinaldy Gómez, Diego Jaramillo, Jorge Quintero, Pedro Posada, Gonzalo Buenahora, entre otros.
En búsqueda de novedades y para conversar con su maestro Quessep, recordaba a los jóvenes Felipe García Quintero, Francisco Gómez Campillo, Cesar Samboní, Marco Antonio Valencia Calle, Fabio Holguín, y otros que fundarían la revista de poesía Ophelia y el primer taller de escritura creativa en la ciudad.
También, los cuentos eróticos que escribía y nos leía Omar y sus proyectos literarios que en silencio forjaba, antes de cerrar la librería, y que la enfermedad lo alejara de las calles y sitios que frecuentaba.
“Omar Lasso se ha ido y con él se va un pedazo de la vieja Popayán; no de la Popayán desconocida de mis antepasados y ni siquiera la imaginada de la juventud de mis padres y abuelos. Se va con Omar la Popayán del post-terremoto, la de los orígenes de la ciudad presente, la del grito desesperado de una ciudad por reconstruir lo destruido en 1983, la que conocimos los chicos universitarios de esos años. Se lleva Omar el recuerdo de cuando la ciudad era fría, la de las lluvias tempestuosas de cada tarde y la humedad helada de la noche; la ciudad que asesinaba estudiantes y sindicalistas en la oscuridad, la de la Mano Negra y sus “operaciones limpieza” contra “desechables”, homosexuales y drogadictos, la de la Falange, la que asustada escuchaba de las masacres guerrilleras en las carreteras campesinas, la de los primeros secuestros, la de los paseos a Coconuco y las “subidas” al Volcán, la exportadora de la maracachafa del Pacífico y de la coca bolsiverde, la de los cantos poéticos fallidos del grupo Niche y los lloriqueos comunistas de Pablo Milanés, la de las peleas internas de la Izquierda y los contubernios de la Derecha, la de los payaneses ilustres que, visibles en las calles, eran invisibles a las autoridades nacionales que “diligentemente” los buscaban como culpables de la quiebra del Banco del Estado, la de los buses verdes y amarillo y las busetas anaranjadas; la Popayán que resucitada de entre la tierra pisada se re-hacía de cemento en copia malhecha de la muerta en el 83.”
Desde Carolina del Norte, Estados Unidos, escribió en Facebook, el antropólogo Jorge Arboleda.
A Patricia Casas, su esposa y a sus hijos, mis sentidas condolencias.
*************************
Otras publicaciones de este autor:




