Omaira son los pobres


El Estado colombiano es un enorme aparato indolente, perverso y culpable de la muerte de Omaira, la niña que sobrevivió por unas horas en la tragedia de Armero.
«Madre, si me escuchas, quiero que reces por mí para que todo salga bien», fueron sus últimas palabras.
Cuando los socorristas intentaron que en las condiciones en que se encontraba atrapada sólo existían dos alternativas para sacarla con vida; la primera, consistía en un equipo de alta cirugía, inexistente en el país en ese momento, y, la otra, utilizar una moto-bomba que absorbiera el agua que la sumergía progresivamente, para poder maniobrar las moles de cemento que la tenían atrapada.
Según los medios que transmitieron el evento, como si se tratara de un acontecimiento de farándula mortal, sólo existía una moto-bomba en Medellín que la podía salvar, y, las Empresas Publicas, se negaron a facilitar la máquina.
No era la hija de un parlamentario, ni de un ministro, ni de un gobernador, ni de un alcalde, ni de un banquero, ni de un magnate de las comunicaciones, era una niña que vivía en condiciones sociales de una familia que no era pudiente.
La niña sólo pensaba en su colegio, en el carácter imperativo de sus tareas, jamás se imaginó la magnitud del drama y la inminencia de su muerte ante la negligencia del Estado.
La foto de Frank Fourier quedó como un registro teatral y catastrófico de la negligencia trágica a la que es de manera constante sometida la nación.

Tres días de un país en suspenso, asombrado, viendo por televisión el desenlace, mientras el presidente, sus ministros, el Poder Ejecutivo, el Poder Judicial, el Ministerio Público, la Fuerza Pública, parientes de Dios y de los bárbaros, parecían abortos, mientras el séquito de los aventajados del poder dormían tranquilos y madrugaban a ver el desenlace.
Tres días de agonía, durante los cuales Omaira nos dio ejemplo de valor infinito. Sin conocer la magnitud del desastre y la catástrofe, estuvo pensando en regresar al colegio, dándole valor inútil a los colombianos, que miraban su hundimiento inexorable, por televisión, como observan las tragedias en las telenovelas y se escuchan los comentarios insípidos de los periodistas fletados al poder o la empresa privada.
Era un noviembre, tal vez de 1.985, cámaras de televisión de todo el mundo, que no registraban, por ninguna parte, la negligencia del Estado, la desidia, la incuria, el abandono del Estado social de derecho, que otro país habría utilizado todo su poder para protegerla.
El barrizal tapó la indolencia y la desidia del Estado, mientras unos socorristas y denodados policías trabajaban sin instrumentos idóneos y hacían esfuerzos por salvarla.
Un cuarto de siglo de ese episodio doloroso que sigue sin restañar las heridas morales del país, hundido en el barro de la ignominia, como ahora.
¿No podían el poder del Estado obligar a las Empresas Públicas de Medellín a prestar una moto bomba para facilitar la remoción de la loza de cemento que la tenía atrapada?
“Esa cosa de cemento no me deja ir al colegio”, repetía.
En un viernes como estos, de noviembre, los socorristas colocaron un neumático que parecía la salvación. Y, la niña, volvió a decirles que estaba preocupada por sus tareas.
Su agonía, se trasmitió minuto a minuto, y Omaira, con apenas 12 años, insistía en que le angustiaba no cumplir con las tareas del colegio donde estudiaba.
La ayuda que requería nunca llegó, hundida en el fango, con el agua en su rostro, sintiendo con sus pies los cadáveres de sus familiares, “ojalá que no sea el de mi papá, ni los cadáveres de mis hermanos”, le daba valor a los mismos socorristas y policías, virtualmente abatidos.
Los médicos llegaron a la conclusión de que la única alternativa sería cortarle allí ambas piernas a la altura de la rodilla o dejarla morir.
Cortarle las piernas igualmente haría que ella muriera, porque no había equipos de alta cirugía. No había más alternativa, había que dejarla morir.
Entonces todos, médicos, socorristas y periodistas quedaron en un silencio total. A las 10:05 de la mañana, la niña murió.
“El problema de Omayra era que necesitaba una simple motobomba para succionar el charco de agua que se formó a su alrededor cuando lograron apartar la loza de cemento que la tenía aprisionada. ¡Una simple motobomba! Desde las diez de la mañana los socorristas se la estaban pidiendo a los pilotos y nadie del Estado llegó con la motobomba. “Qué día es hoy”, preguntó; jueves le dijeron. “Hoy tengo clases de matemáticas”, dijo un día antes de morir.
¿Y qué dice el Estado de los niños que andan con un pedazo de hambre jugando y muriendo en La Guajira?
Hasta pronto.



