Nuestro día
Gloria Cepeda Vargas
Como todos los minusválidos del planeta, a las mujeres también nos mencionan (que no nos visibilizan) en un día determinado de estos años masculinos y vernáculos desde que el mundo es mundo.
En consecuencia el 8 de marzo, conocidos y adorables arrumacos hicieron acto de presencia. Apologías llenas de lugares comunes sacaron del desván una vez más nuestra imagen “heroica”. Es tanta la vulnerabilidad humana, que debemos (unas y otros) acogernos a la fugacidad del espejismo para seguir viviendo.
Con el propósito de conocer su superficie, mido el largo, el ancho y la profundidad de este rectángulo, inventado por el facilismo y alimentado por la costumbre, que se llama Día Internacional de la Mujer. Lo que obtengo después de multiplicar base por altura y dividir el resultado por dos (como lo prescribe la fórmula geométrica que nos enseñaba Sor Doloritas en el colegio de las Salesianas) es desolador. Una mujer es agredida por su compañero cada quince minutos en Caracas; los salvajes casos de rostros femeninos deformados con ácido por la pareja, aumentan como los carros, las motos y el uso del condón; las violaciones realizadas por el macho rijoso en descampado o en el recinto familiar, son el pan de cada día. La mujer sigue portando el sexo como una vergüenza o una mercancía ilegal en cuya transacción sólo se sataniza al vendedor y la llamada violencia intrafamiliar (eufemismo criminal y torpe como pocos) hace de las suyas impunemente y todos bien, gracias.
Señoras y señores legisladores de esta patria liberada por Bolívar y descubierta por Colón (en ese tiempo las mujeres no pisaban un barco impedidas por las largas polleras o el cinturón de castidad): mientras no se arranque de raíz la conseja que proclama la inferioridad femenina y por consiguiente la superioridad de la contraparte, son inútiles leyes, acuerdos, cartas o protocolos internacionales. La justicia social empieza a caminar en la pericia de la mente. Ni superiores ni inferiores a nuestros compañeros. Solo de su mano en una misión común: la propagación de una especie cada día más evolucionada y feliz.
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