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Sábado, 10 de octubre de 2026
lunes 26 julio, 2010 a las 9:07 pm

NOVENTA AÑOS DE SOLEDAD

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Colombiano

Colombia es tierra de cuentos, chismes y mentiras. En él suceden cosas extrañas que sólo suceden por arte y magia de don Dinero, viejo magnate desde el gran Midas. La gente mira y se relame, sale a la calle y se regodea, toca madera y no se lo cree. Aparecen billetes en mil caletas, caen peces gordos en alta mar, mueren guerrilleros todos los días, andan muchachos en cuatrimotos y se talan los bosques a nuestros ojos. Este es un mundo fantasmagórico. Todos ven los camionados y nadie hace nada.

Ayer, no más, veíamos con la boca abierta alzar de los brazos por tres poderosas grúas a un anciano de noventa años sin alzheimer, con mucho pelo, gordo y sobre un hueco que pronto será su tumba. Se hallaba herido de muerte en la calle y miles de curiosos fueron a verle sus pies semidestrozados. ¿Qué daño causó el pobre caucho, de pie y cansado de dar cobijo y vida a transeúntes, turistas y a la ciudad? ¿Quiénes le movieron el piso y las raíces a este otro árbol que pierde nuestro suelo grancolombiano?

No sólo es en la gran ciudad, también sus hermanos son arrancados del Amazonas, del Putumayo, del Cauca, del Chocó y del Quindío. ¿Hasta cuándo veremos impávidos esta otra masacre, este despojo de nuestras selvas? No hay quién vigile, quien los proteja, quien sancione con cárcel a los responsables. ¿Acaso permitiremos que este paraíso verde que es Colombia quede como Atacama o como Sahara vuelto un desierto?

De nada valdrá que haya una demanda, pues los vivos el día de mañana cuando el Caucho muera aleguen que fallaron las autoridades en vano pues se demoraron y que el árbol ya estaba enfermo. Los 2.500 millones se ahorrarán y se sumarán a cuatro pisos del edificio que se alzará sobre las cenizas del añoso Caucho. Las imágenes ayer nos mostraron los muñones de las raíces truncas que ya estaban embalsamadas por anticipado. Vimos a los enterradores con su macilento casco para protegerse de su sombra.

Nuestras arboledas están sufriendo de soledad más triste que la de Arcadio, Remedios, o de Aureliano o Amaranta en la real Macondo. Nuestros árboles gimen cada día de susto cuando las sierras asoman los dientes de los voraces y “anónimos” genocidas. No hay policías forestales, no hay informantes ni dolientes que lloren sobre los guaduales, robledales y cedrales.

Mientras los constructores y dueños del predio donde vivió este venerable anciano de piel sedosa se frotan las manos de dicha porque ha quedado lista la fosa para los cimientos de su sueño de ladrillo y cemento, otros árboles lloran su abandono y preparan su dolor para otras talas tan evidentes e impunes como ésta, con la certificación de la TV y autoridades ambientales.

Sonarán las campanas a misa en las iglesias vecinas. No para el funeral del Caucho Sabanero. Saltarán a vuelo para la bendición de la primera piedra del nuevo edificio que ocupe el sillón que deja este honorable caballero.

26-07-10  –  10:54 a.m.

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