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Sábado, 3 de octubre de 2026
martes 4 octubre, 2016 a las 6:55 am

Nos tocará seguir tragando sapos

si-o-no

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Alfonso J. Luna Geller
Por Alfonso J. Luna G.

A pesar del resultado, no estoy tan desilusionado como pueden creer. Nos toca, ahora sí, asumir una actitud colectiva, seguir soportando circunstancias desagradables, que parecen muy difíciles de superar, pero es que lograr ideales nunca es fácil, exige sacrificios, tragar sapos hasta conquistarlos. La paz es uno de esos ideales, es una de esas ambiciones que todos queremos disfrutar, pero tenemos el problema que se la endosamos a los demás, a algún caudillo, figura o familia, sin que todos, y cada uno de nosotros, como miembros del colectivo, nos responsabilicemos, individualmente, de nuestros derechos y deberes.

Los resultados de ayer domingo cuando se votó el plebiscito, demostraron que todos desean una gran convivencia social pero regalada, que alguien la haga por nosotros, sin el mínimo sacrificio personal, al contrario, que paguen por ello, por ejemplo, por salir a depositar un voto. Ayer, de cada 10 ciudadanos habilitados para votar solo lo hicieron 4, registrándose la mayor abstención electoral en los últimos 22 años, a pesar de la trascendencia y el impacto que tendría la decisión.

Aunque los legítimos resultados del plebiscito aparentemente representan la voluntad del pueblo colombiano, en realidad no es así. Aquí nadie ganó, todos perdieron. Simplemente, hubo un “empate técnico” que equilibró fuerzas políticas, pero no pasará nada bueno si no hacemos lo digno para adecuar y pulimentar el camino hacia el futuro colectivo. Lo de ayer ya es pasado. Uribe y los del No, con 6’431.376 votos, volvieron a adquirir un status relevante para las decisiones políticas del país, pero no el suficiente como para determinar de inmediato el rumbo de la nación; ‘ganaron’ pero no tienen herramientas de poder. Santos y los partidos aliados del Sí, con 6’377.482 votos, perdieron la autonomía política decisoria, la legitimidad y la inmediatez o urgencia para implementar los acuerdos de fin del conflicto, pero tienen en sus manos la autoridad, la jurisdicción y la infraestructura logística, aunque solas tampoco les basta para imponer medidas que atañen a la totalidad del país. ¿Entonces? Es de ahí de donde surgen los nuevos sapos para el desayuno de los colombianos si queremos superar la crisis.

Colombia es un país, que según estadísticas oficiales, tiene 48’747.632 habitantes. De esa cantidad solo votaron 12’808.858 personas el pasado domingo 2 de octubre, que constituyen el 26.3%; es decir que, más o menos, las tres cuartas partes del país fueron indiferentes, insensibles al proceso de paz en ciernes, no estimaron conveniente aportar voluntades para contribuir a la construcción de una mejor convivencia social.

Me dirán, claro, que el censo electoral es apenas de 34’899.945 personas habilitadas para decidir. Bueno, mirado desde este punto tampoco podemos decir que el país quedó dividido casi exactamente en dos, o que alguien ganó, como dicen, porque los que votamos (12’808.858 ciudadanos) solamente somos el 37.4% de todos los que tenían que sufragar. Es decir que las mayorías (21’833.898 de personas, que equivalen al 62.6% de los colombianos electores), que son las que mandan en una verdadera democracia, dijeron: ni lo uno, ni lo otro; ni Sí, ni No, fue la apatía y el abandono por los de acá y por los de allá; no quisieron o no pudieron ejercer ese derecho y deber cívico-político, se quedaron en casa, no se molestaron en votar en el plebiscito.

No es sensato hablar de la abstención como un fenómeno irrelevante, porque precisamente es lo que permite establecer la debilidad de la democracia en nuestro país; hubo mil disculpas: las fuertes lluvias producidas por el huracán Matthew, la desconfianza, los efectos de la posible reforma tributaria, los escándalos políticos, los problemas de movilidad, la falta de “financiación” al elector, ciudadanos que creen que sus votos tienen poco impacto en la dirección del país, la ignorancia sobre los acuerdos y las acusaciones mutuas de estar promoviendo mentiras sobre los temas centrales de los mismos, el no encontrar que sus anhelos estén representados allí, mejor dicho, fue la demostración de la falta de cultura política del país, porque estoy convencido de que ese 62.6% de ciudadanos no son tan versados en materia política para que con sagacidad y actitud estratégica de protesta hayan resuelto no votar. Hasta allá no llega nuestra debilitada democracia ni la enclenque cultura del colombiano común.

El Sí ganó en las regiones donde las comunidades han sido víctimas directas del desangre y la desesperanza. Y lo más curioso, por no decir directamente irónico, fue que las tasas más altas de abstención se presentaron, preciso, en los territorios donde ganó el Sí. Mientras tanto, el No ganó en los sectores ‘privilegiados’ de esta patria violenta, desigual y subdesarrollada, donde a la gente nunca le tocó dormir con la angustia permanente de otra toma guerrillera, de bombardeos, de desplazamientos forzados, de la crueldad ejercida por narcos, paramilitares y agentes estatales… ganó, donde se ha conocido la existencia del conflicto armado a través de la radio, televisión o prensa; pero bueno, el resultado final, poco justificado, abrió un abanico de posibles escenarios que comprometen el futuro de Colombia.

Tragar más sapos, entonces, es algo que no se puede evitar si queremos avanzar. Es una de las habilidades más difíciles y, sin embargo, una de las más importantes; el consuelo es que cortado en trocitos el sapo parece pollo, y más si se fríe en sartén bien caliente, con el aceite hirviendo. Y como en ningún lugar del mundo se han terminado conflictos por vías distintas de la negociación, hay rogar que se reabra la mesa de diálogo, ahora sí, entre Uribe, el Gobierno Nacional y las FARC (Ah, ojalá llegara el ELN)… ¡Qué más se puede hacer! Y habrá que aprovechar que Uribe, conocidos los resultados, convocó a “un gran pacto nacional”, lo cual parece una respuesta a la invitación del presidente Santos. Y a las propias Farc, que se pronunciaron diciendo que “mantienen su voluntad de paz y reiteran su disposición de usar solamente la palabra como arma de construcción hacia el futuro”.

Creo, para finalizar, que para que el futuro sea exitoso se debe continuar haciendo sacrificios a corto plazo para poder disfrutar de muchas mayores recompensas a largo. La inmediata celebración de un supuesto triunfo es apenas un placer fugaz, es una gratificación inmediata sin consecuencias positivas potenciales, contraria a un trabajo responsable y colectivo por la tarea global, que es ponerle fin al conflicto e iniciar, de verdad, la construcción de paz para todos los colombianos, sin exclusiones, y repito, con Uribe.

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