Ni Pa’ Dios Ni P’al Diablo


Ni Pa’ Dios Ni P’al Diablo
El desdén por el patrimonio público y sus consecuencias sociales

En una ciudad donde la infraestructura pública debería ser uno de los principales reflejos de la gestión estatal, nos encontramos con una situación particularmente preocupante: edificios y propiedades de titularidad pública, como el que pertenece al Banco Agrario en Santander de Quilichao, permanecen abandonados y deteriorándose sin ninguna acción visible para su revitalización. Esta falta de interés y de uso adecuado por parte de las autoridades genera desconfianza y malestar en la comunidad, y no solo en el ámbito físico, sino también en el social y económico. Como bien reza el dicho popular, “Ni pa’ Dios ni p’al Diablo”, esta propiedad parece no ser ni de interés del Estado ni de los particulares, quedando atrapada en un vacío de gestión.

Uno de los lugares más emblemáticos de Santander de Quilichao que refleja el síndrome de las ventanas rotas es el parque Santander, la principal sala de recibo de la ciudad. Al caminar por sus alrededores, es imposible no notar el impacto negativo del edificio abandonado del Banco Agrario. Este inmueble, que originalmente fue la sede de la Caja Agraria, se ha convertido en un símbolo de abandono. El parque central, que debería ser un espacio que refleje el bienestar y la vida activa de la comunidad, se ve empañado por la presencia de este edificio en ruinas. La situación es fastidiosa, molesta y repugnante para quienes transitan por allí a diario, ya que el mal estado de la infraestructura transmite una sensación de descuido y desinterés, al igual que el síndrome de las ventanas rotas: el deterioro de un espacio genera más deterioro y desconfianza en la comunidad.

Es aún más desconcertante que hace algunos años el Banco Agrario decidiera abandonar sus cómodas oficinas propias en el centro de la ciudad para trasladarse a un centro comercial privado. Este traslado dejó a las instalaciones originales, ubicadas en una zona estratégica de Quilichao, vacías y sin ningún propósito. En lugar de aprovechar este espacio para dar utilidad a la comunidad, el banco desmanteló sus oficinas y dejó atrás un edificio inactivo, esperando… ¿qué? Una acción que nunca llegó. Este es el claro ejemplo de cómo un bien público puede caer en el olvido por decisiones desconectadas de las necesidades reales de la comunidad y de la responsabilidad del Estado.
La responsabilidad del Estado y la comunidad:

El Banco Agrario es una entidad vinculada al Ministerio de Hacienda y Crédito Público, por lo que su gestión debería tener en cuenta el bienestar de los ciudadanos y no solo los intereses comerciales de la entidad. Es en este contexto donde el alcalde Luis Eduardo Grijalba Muñoz tiene un papel crucial. Debería tomar la iniciativa de contactar al presidente del Banco Agrario, Hernando Chica Zuccardi, con el fin de gestionar una solución para las instalaciones abandonadas. Es necesario que el alcalde busque que este edificio recupere su utilidad pública y se destine a un uso que beneficie a la comunidad.

Las posibilidades para el uso de este espacio son múltiples: instituciones de salud, educativas, un museo, un salón de eventos, un centro para la comercialización de artesanías locales, o incluso la sede de alguna entidad social que impulse el desarrollo de la región. El potencial de este edificio es enorme, y la responsabilidad de aprovecharlo recae sobre las autoridades municipales y la entidad que lo posee. De no actuar, el edificio continuará siendo un recordatorio tangible del desdén por los recursos públicos y una fuente de repulsión para quienes transitan la zona.
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