NADIE QUIERE ASISTIR A SUS EXEQUIAS


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El drama más severo del Cauca es el fenómeno de la exclusión social que soportan novecientas mil personas en todas las esferas de su desarrollo personal.
Exclusión social es expulsar, separar y relegar, en oposición a incorporar, integrar e ingresar al circuito de los bienes mínimos que oferta la civilización, tal como hoy la concebimos.
En el diccionario de Acción Humanitaria y Cooperación al Desarrollo sobre exclusión social encontramos: “Proceso mediante el cual los individuos o grupos son total o parcialmente excluidos de una participación plena en la sociedad en la que viven”.
Los excluidos son víctimas de los poderes económicos, sociales o políticos cuando éstos son usados como instrumento de supresión del otro, utilización del otro, aprovechamiento individual o colectivo de los otros y a los que el Estado, en coalición con los no rechazados, por acción u omisión, les amputa la opción del desarrollo humano.
En otras palabras, la exclusión social es también una querella histórica contra los autores y cómplices de la privación de los derechos vitales de los desamparados.
Y cuando observamos el atraso del Cauca nos preguntamos: ¿por qué el Estado se ha convertido en una enorme maquinaria productora de pobreza y miseria en la región?
Los economistas tienen más autoridad para darnos explicaciones sobre la crisis del Departamento, y claro está, que no todos los economistas, pues hay también profesionales que desde estas disciplinas consideran que las cosas andan bien, sobre todo si fungen como asesores en los círculos del neoliberalismo.
Quizá en el modelo político, en el sistema de la redistribución de la riqueza, en la desigualdad social y en el entramado cultural encontremos los deshonrosos dispositivos que han violado los derechos económicos, sociales y culturales de las mayorías caucanas por centurias.
Largo ha sido el proceso de engañifas con los cuentos del progreso y el desarrollo humano. Enormes escapes ideológicos en los que las propuestas del mercado han sido puestas en escena como la panacea para curar todos los males de las penurias sociales que, incluso, avergüenzan a los prósperos, que actúan como operadores de Dios en la tierra.
Hasta el propio concepto de modelo alternativo regional que hizo presencia en el país entró en crisis, evaporando, de paso, el discurso aliado progresista y democrático, que en el camino también quedó como si fuera un recetario de fórmulas vacías. Se salva Bogotá con cifras a la vista.
Tanto en el terreno de la práctica social, como en el campo del pensamiento, donde se dan las rupturas ideológicas, las fórmulas de lo alterno que pretendían “cambiar el mundo” no alcanzaron a ser propuestas realizables.
El rechazo al “statu quo político”, caracterizado por la abstención, la indiferencia, la desafiliación y un sentimiento antipartido aflora en el pensamiento de los ciudadanos electores.
Vuelven las gentes del común a darse cuenta que siguen viviendo a la intemperie, como si social y políticamente no existieran, pese a las buenas intenciones de los congregantes. La sensación es que se encuentran a la deriva, sin referentes de fraternidad y solidaridad, mientras miran, desde abajo, que las puertas de la igualdad se encuentran férreamente clausuradas.
¿Y los grandes conglomerados que explotan el Cauca cómo están? Bien, gracias, expresan sus mejores adalides. Sólo les interesa la ganancia, democracia sin ciudadanos críticos, modernización sin desarrollo, industrias sin trabajadores y “tecnología de punta” para morigerar la crisis.
Somos un Cauca con pobreza extrema, tercermundista y periférica, víctimas de los ideólogos del bienestar contemporáneo.
No somos el Cauca de la década perdida del Siglo XXI, seríamos demasiado inocentes si así calificáramos la opción fallida del desarrollo social. Otras regiones del país tuvieron la fortuna, en el contexto histórico nacional, de contar con modelos económicos de producción dinámicos e incluyentes, basta pensar en el Eje Cafetero.
A nuestra comarca le dejaron la misión de producir velas, discursos, poemas, herraduras, fique, esteras y conservar grandes extensiones ganaderas que hoy no existen. Nos dejaron también la guerra, que nunca lo fue, sino simple y mera violencia irracional.
Somos y hemos sido los coleros de la Vuelta a Colombia, en tanto que Ramón Hoyos y Cochise corrían patrocinados por el Banco de Colombia, Fabricato, Postobón y Coltejer, patronos y mecenas de candidaturas presidenciales, nuestros pedalistas Alirio Bedoya y Francisco Lucumí participaban por el Cauca con la garantía de la Virgen del Carmen, que nunca les tuvo compasión y los relegó a ser coleros de la competencia.
Los payaneses y caucanos de hoy no necesitamos releer a Nietzsche, ni asomarnos desde las ventanas coloniales a los años de mil ochocientos para darnos cuenta que la política, el Estado, el bienestar colectivo y la igualdad de oportunidades han muerto. Ver las estadísticas. Pero, lo más grave, es que por honroso pudor nadie se atreve a invitar a sus exequias. Hasta pronto.



