MUERTES Y GLORIAS DEL MUNDIAL BRASIL 2014


Desde la década del 90 los colombianos celebramos los triunfos de la selección con desfiles ruidosos, lanzando espuma de carnaval, talco, cal o harina a los transeúntes. Es generoso el jolgorio en expresiones altaneras propias del tropicalismo irreverente de nuestra idiosincrasia. La desmedida euforia termina provocando pleitos y causando muertes que opacan el júbilo que amerita la ocasión. La celebración de los logros hasta cuartos de final dejaron 4.500 riñas, 127 heridos y 14 muertos. Y la historia no es reciente, por causa del 5 a 0 infligido a Argentina en 1994, a los colombianos todavía nos duelen los 76 muertos y 912 heridos de aquella apoteósica goleada.
Las manifestaciones hostiles y de violencia generalizada responden a detonantes como la falta de oportunidades y motivos que desdibujan la autoestima, dadas las precarias condiciones de realización personal y emocional de nuestros jóvenes, refugiados en pandillas y barras bravas para reivindicar su derecho a la felicidad, encontrando en los triunfos deportivos el pretexto para descargar todas sus desviaciones emocionales.
Esas agresiones sociales de discriminación, exclusión y carencia de proyectos de vida, son la causa sociológica de las conductas pendencieras y hostiles de nuestros jóvenes, que encuentran en las celebraciones deportivas el pretexto para que aflore la violencia juvenil que casi siempre degenera en conflicto abierto, donde una fiesta deportiva se convierte en tragedia, merced a la agresividad demencial que exhiben algunos jóvenes agraviados y desadaptados.
Los espectáculos deportivos, las competiciones y los torneos internacionales, implican rivalidad, y esa rivalidad se manifiesta en agresiones físicas, como mordiscos, codazos, embestidas verbales y acciones indecorosas, en la medida que el alma humana contiene elementos de violencia y agresividad que asoman y se manifiestan bajo el efecto de cualquier circunstancia fortuita.
En Colombia el resurgimiento de las tribus urbanas, de las pandillas que se odian sin razón y que, como en una guerra, se muestran dispuestas a matar y morir por una causa que desconocen, deben tener una respuesta inmediata de readaptación social. La humanidad lleva siglos de civilización, desarrollo científico y tecnológico y avances inconmensurables en la convivencia social. Sin embargo, nuestros jóvenes son aún rehenes de sus instintos primitivos que enferman sus almas, coexistiendo con los valores que conforman el súper yo, como mecanismo de defensa para subsistir en una jungla de ataques, improperios, ultrajes y traiciones furtivas.
Está bien que se eviten situaciones de violencia que opacan los triunfos de nuestra selección Colombia; pero no se piense que es suficiente, hay que entender que tales expresiones son la evidencia de la violencia generalizada que alimentan los bajos instintos en el alma de nuestro jóvenes, producto de la corrupción, la cultura mafiosa y el conflicto armado; elementos generadores de violencia que subsumen en la desesperanza a las juventudes, ávidas de paz, inclusión, respeto y que reclaman a gritos el establecimiento de una cultura ciudadana que garantice la tolerancia y la sana convivencia entrelos colombianos.
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