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miércoles 6 mayo, 2009 a las 8:43 am

Movilidad y dignidad urbana

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El movimiento se ha convertido en un valor fundamental. Es una condición de cambio, de progreso, de desarrollo económico y de la aspiración de los individuos a elegir los lugares y los contenidos de sus actividades. A construir ellos mismos, tanto como sea posible, su vida: movimientos de bienes, de personas y de capitales ligados al crecimiento de la economía y su globalización, movimientos físicos y movimientos de información hechos posibles por el progreso de la ciencia y de la técnica, movimientos de ideas. Son movimientos cotidianos de personas en sociedades cada vez más urbanizadas.

Indispensable para ir al trabajo, aprovisionarse, formarse, divertirse, curarse, el desplazamiento es un elemento cada vez más importante en la vida de los individuos y de las colectividades. Poder desplazarse se ha convertido en eso que podríamos llamar un «derecho genérico», es decir una condición necesaria para acceder a los otros derechos: el trabajo, la vivienda, la educación, la salud. Permitir a todos desplazarse tan libremente como sea posible, hacer compatibles y complementarios los diversos modos de transporte individuales y colectivos.

Hacer accesibles los equipamientos y los servicios urbanos a todos y, si fuese posible, en todo momento, dar calidad a los tiempos y a los lugares del movimiento. Incrementar la autonomía, el confort, el placer, la calidad ambiental y la seguridad de cada uno y de todos en el momento de sus desplazamientos, preservando y poniendo en valor los patrimonios naturales y construidos. Economizando los recursos naturales no renovables, limitando los desechos carbónicos en la atmósfera… tantos desafíos para nuestra sociedad, nuevas soluciones a encontrar.

La calidad de los lugares y de los tiempos de la movilidad son un reto creciente para aquellas ciudades que se mueven cada vez más. Urbes con una dinámica creciente de muchas formas, en todos los sentidos, a todas las horas del día y de la noche. Pero con demasiada frecuencia las infraestructuras del transporte están todavía concebidas en función de lógicas técnicas estrechas. Aun persisten conceptos de ingeniería que no toman en cuenta la densidad del tiempo que los usuarios pasan en ellas, sus deseos de confort y seguridad, su preocupación por encontrar en los espacios públicos una calidad vecina a aquella que pueden encontrar en los lugares privados, individuales y colectivos.

Con demasiada frecuencia todavía, estas lógicas de transformación segmentan la vida cotidiana de los ciudadanos móviles sin tener en cuenta que de hecho son a la vez y sucesivamente peatones, ciclistas, usuarios del transporte público y automovilistas. Pero fundamentalmente son niños, los actores más importantes, pero también los más desplazados de los espacios urbanos. Los más vulnerables. Con demasiada frecuencia todavía, la programación y la concepción de esos lugares del transporte a duras penas articulan las actividades y los espacios dedicados a mejorar los flujos con los espacios que ofrecerán mayor «adherencia» a los territorios del movimiento

Con demasiada frecuencia todavía las diversas autoridades y los transportadores desprecian la intermodalidad, a pesar de ser clave de la complementariedad que exige la diversidad de situaciones contemporáneas. Con demasiada frecuencia desprecian al peatón, esencia y prioridad en las ciudades. Es urgente la reconciliación entre los diferentes modos de desplazamiento, pero más aun con los niños y los peatones, para que nuestros espacios dejen de ser lugares indignos de ciudades y ciudadanos.

*Experto en movilidad y desarrollo, Fundación Movilidad

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