Mordiéndose la cola
José López Hurtado
El apoyo del gobierno venezolano a la guerrilla colombiana, no es de ahora, ni mucho menos. Es de aquellas situaciones que en el campo del derecho, la jurisprudencia y la doctrina latinoamericanas llaman el “hecho notorio”, que no necesita demostración, por ser repetitivas, y “conocidas por personas de mediana cultura”. Pero insistimos que el momento menos indicado para debatir el asunto era éste de transición a un nuevo gobierno. Con mayor razón cuando el triunfo de Santos, generó un saludable ambiente en la región, particularmente en Venezuela y Ecuador, lo que ofrecía en el inmediato futuro, la perspectiva de una recomposición en las relaciones bilaterales. Los amigos del señor Uribe han justificado el asunto señalando que obedecía a un tácito acuerdo con el gobierno entrante, para de una vez por todas, descargar toda la negativa potencialidad del conflicto y asumirse por parte del nuevo Ejecutivo, el tratamiento del asunto en el marco de una visión diferente y libre de presiones y viejos prejuicios de tantos sectores involucrados. Nada convincente el argumento. Porque la situación a la que forzó la propia cancillería colombiana-desde de los estrados de la OEA, hasta la reunión de Quito del jueves pasado-tiene que ver mucho con el símil del perro que girando descontroladamente trata de morderse su cola, sin lograrlo, para terminar exhausto. Colombia deliberadamente gastó en forma inexplicable tiempo, recursos y un capital político que no tenía. La cancillería colombiana forzó -a manera de incruento Harakiri- la sesión extraordinaria de Unasur, el escenario menos deseable para sus intereses, por lo menos por ahora.
La Unión de Naciones Suramericanas -casada indisolublemente con los nuevos populismos de la región- tiene a pesar de sus ínfulas, una enorme deuda con su propia legitimidad, que le resta seriedad en sus decisiones, pero escenario al cual Colombia deberá asistir muchas veces, con el compromiso de, siendo fiel a sus raíces históricas, recuperar su protagonismo diplomático en el continente. Esta organización no puede seguir siendo una especie de tribunal de acusaciones con marcado tinte ideológico, sino el ámbito en el que se propugnen marcos de entendimiento y cooperación entre los países asociados y la comunidad externa. He ahí otro importante campo de acción que se le sugiere al nuevo gobierno colombiano.
Pero volviendo al tema central, sobre lo inoportuno que resultaron las denuncias contra Venezuela y sobre el pésimo manejo de las relaciones internacionales durante los últimos ocho años por parte de la administración Uribe, es menester señalar, que ello no significa que restemos gravedad a la presencia de la guerrilla en otros países. Máxime ahora cuando Lula -empeñado en las postrimerías de su mandato en bendecir despropósitos políticos en todo el mundo- le resta importancia al conflicto.
Antes por lo contrario, creemos que el Presidente Santos y su Canciller Holguín deberán recuperar también ese espacio para acercar a su viejo aliado, en una ambiciosa agenda que le permita reasumir su rol histórico de vanguardia-porque lo tuvo-entre las naciones del área, al sur del Río Grande, y resolver definitivamente el engorroso tema de la guerrilla respirando en la nuca, con el apoyo de gobiernos supuestamente aliados y amigos, pero eso si con unos indisolubles ancestros comunes.
NB. El ingreso de Vargas Lleras imprime un sello de oro al excelente gabinete del Presidente Santos.
*Analista Internacional, colombiano.
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