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MÍSTICO…

MÍSTICO... 1
MÍSTICO...
RVQ : El monje alquímico. De la serie «Nocturnos mágicos para lunáticos», fragmento. Plumilla, tinta y vinilo sobre madeflex, 200 x 120 cm, año 1987

MÍSTICO…

Rodrigo Valencia Q

  Logré seguirlo un día a pesar de su reticencia. Me dijo que nació por el puente de la luna hace mucho, mucho tiempo. Un árbol de sirene cuida su puerta, y algo me reveló de su existencia. 

   «Cuando camina solo por las calles solas, es inevitable, vienen los recuerdos, el tiempo tiene cara de nostalgia, regresan los años maravillosos de lejana bruma, tan distante y tan cercana»… Y este hombrecito, de vocación monacal, abandonó hace muchos y más años su hábito de virtual de monje para quedarse en el mundo, buscando secretos entre sombras, arrinconando en el casi olvido todo destello de sabor profano, en busca del misterio.

   El místico, el que cubre su cara con un manto de rigor… Él sólo tiene mirada introvertida… mensajeros de lo oculto salen por sus ojos recónditos, y mariposas doradas lo internan en el valle undívago, desconocido… porque no hay nada más precioso para él, así haya sondeado dolorosamente la soledad oscura del alma, desierto largo, que se extiende como un pesado manto luciferino en el laberinto, y «el hilo de Ariadna se le mostraba esquivo, poco a poco menos prohibido, hasta que la urdimbre le revela su textura en madrugadas de silencio sonoro, o en cualquier momento, cuando lo requiere» bajo su abrigo de eternidades, dijo.

   Y todo ello comenzó en los años mozos, cuando aquél joven obedeció sus voces de arcano inconsútil, como se obedece un sortilegio que atrae y no regresa nunca por el lado de la incierta cordura.

   «Y allá en el bosque, donde los cinocéfalos oyen un canto de estrellas, allí hay un recóndito lugar de felicidad incomparable, nada cercano a las cosas de esta tierra».

   Porque el místico invierte el discurso del mundo, y así, en esa latitud críptica, al revés de todo, y soliloquial, recoge su entendimiento hecho de luz y sentires sobre los umbrales, en el rojo fuego que tiñe sin quemar y acalora suavemente el alma.

   «Es el corazón el que habla de allí en adelante; un corazón en el centro de la rosa mística… punto de encuentro de las cuatro latitudes del orbe, escondrijo donde se capacitan los videntes del secreto», me reveló, y se fue liviano, advirtiéndome severamente que no lo siguiera nunca más. Y desapareció en la lejanía, como un sol que se apacigua lentamente, poco a poco en el crepúsculo.

   **RVQ**

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Rodrigo Valencia Q

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