MIRA EL FUTURO, NO DESCUIDES LOS RÍOS



Hace poco estuve de visita de recreo en el Parque Zoológico de Cali acompañando a una hermana mía y su nieto. Fue un volver a sentir parte de la selva y recapacitar más en el valor de la Naturaleza: Del estado natural en que nacen y crecen animales, vegetación, ríos y montañas, allá, más arriba, en los Farallones donde nace el agua que bebemos a diario. Allá en Amazonas, en Sucre, en la Guajira, en el Cauca en Almaguer, en el Chocó, en Guainía, en Putumayo…
Vi en grandes vitrinas con agua peces de hermosas e insospechadas formas, colores y movimientos. Me embelesé por largo rato. Vi loros exóticos con plumaje de colores y oí sonidos espectrales salidos de entre matorrales y que solo se oyen en películas en las que se muestra de lejos la selva y su misterio. Esos sonidos hacen parte de la vida privada de pájaros, micos, cuadrúpedos con apellidos raros y que tañen con sus sonidos las noches con un ambiente espectral, que producen sensaciones insospechadas.
En una visita tan fugaz de solo cinco horas, vi jirafas, flamingos, dantas, loros, águilas, serpientes, sapos, leones, tigres, chimpancés y me dolí de ellos. Están fuera de su hábitat. Debieran estar allá, en su sitio original, donde el río y los árboles los recuerdan. En donde se están acabando los sonidos guturales que se escuchaban como una sinfonía repetida cada noche. Se oían ayes, quejas, gritos de lucha hermana, tal vez de celos o de apareamiento o llamados de atención a los intrusos.
Logré ver a unos gorilitas blancuzcos y rojizos que saltaban de rama en rama y se escondían a nuestro paso. Ellos eran los causantes de esos pitidos o lamentos o sonidos guturales con diversas variaciones en el diapasón. ¿Son señales de alerta, de miedo, de rechazo? No se acercaron y por eso no los pude entrevistar. Pero son como unos vigías, como la guardia pretoriana de la selva. Cuidan a la manada y su entorno y dan un hálito de majestad y pertenencia a su territorio… Aahhh! Eso no lo tenemos los humanos aquí en la civilización. Están las sirenas de ambulancias, los motores de las motos de alto cilindraje, los lloros de los niños, las carcajadas de los borrachos en la calles. Qué diferencia… qué malestar nos causan. Allá en la selva todo es sorpresa medida, necesaria. A veces parece que fuera el sonido de apareamiento, un llamado sin teléfono de oreja a oreja, un tocar a la puerta de la inmensa selva…
Sí. Lamentable que estemos acabando recursos tan íntimos, tan propios de nuestras reservas forestales, con sonidos guturales que no hacen daño, con parte del misterio de la noche y la selva de nuestro trópico singular. Por un capital que el pueblo colombiano no lo disfrutará. Eso se lo llevan los «inversionistas extranjeros» con el oro, el carbón, el coltán y a cambio nos dejan el fatal regalo del mercurio.
08-11-17 11:24 a.m.



