MI SANGRE PAISA

Mañana sábado, cuando me siente en la Librería Nacional del Tesoro de Medellín a firmar ejemplares de “El Resucitado”, tendré muy presente a mi padre, uno de los Álvarez Restrepo de la orilla de El Porce.
Si no hubiese sido por él, y por esa sangre paisa que me hizo correr por mis venas, no habría tenido ni el atrevimiento ni la resistencia con que he ido y vuelto por las curvas de mi vida. Y si él no me hubiera enseñado las costumbres antioqueñas, en medio de la fututa tradición vallecaucana donde me criaron, no habría aprendido a comer arepas al desayuno, frijoles al almuerzo y mazamorra al atardecer.
Excomulgado por monseñor Builes, como lo fueron también mi abuelo y mi tío Felipe, no supe cómo nunca dejó de ser ni católico ni conservador. Tampoco dejó de ir a misa los domingos y fiestas de guardar y de confesarse cada semana santa. Pero guardaba tal admiración por la Madre Laura, que yo (lector precoz) a los 9 años ya me había leído el mamotreto de sus memorias y oído de su boca todas las historias de la batalla eterna de la monja contra el obispo Builes.
Generoso y alcahuetas, siempre me repitió que la plata es para tenerla cuando se necesite y que mientras uno más regale más recibe. Y cuando saqué mi primera novelita y llamé en ella como “el cacique banda roja” a monseñor Félix Henao Botero, pagó la edición para que la regalara en la puerta de la Bolivariana y, al otro día, con toda razón, me echaran de la Universidad y comenzara mi carrera de escritor.
Estoy seguro de que mucho de lo que soy desciende de esa veta genética y cultural de lo antioqueño. Por eso, tal vez, por mis venas no corre la aguamasa que ha terminado por llenar las arterias de este país y me quedan ánimos para seguir escribiendo y hablando de sus problemas.
PUBLICADA EN ADN, 6 MAYO 2016



