Mi querido hermano Tico


Mi querido hermano Tico
El 6 de junio de 1948 nació mi hermano mayor. Se llamaba Alberto, igual que mi papá por eso cariñosamente le decíamos Tico que proviene de Albertico.
Era muy guapo y sobretodo muy cariñoso. Con un corazón súper GRANDE. ¿Qué no le cabía en su pecho?, ¿Quién no lo apreciaba?
Se sabía ganar el amor de quienes lo conocían, sobre todo de las mujeres. Era alegre y aventurero.
Estudió una profesión que le caía como anillo al dedo: Agronomía. Amaba la naturaleza y los animales. El primer perro que llegó a mi casa lo trajo él desde Popayán, de la casa de mis primos. Era hembra y la bautizamos Campanita. Y siendo yo todavía muy niña recuerdo que Tico la atendía en sus partos con un amor único. No sé cómo aprendió estas cosas porque yo apenas observándolo me daba pánico. El hecho es que le llevaba las cuentas del embarazo a Campanita y ya visualizaba la cercanía al parto. Llegada la hora le daba masajes a la adolorida perrita y cuando ésta era incapaz de quitarle la placenta a alguno de sus cachorros mi hermano lo hacía con rapidez y mucha destreza. Creo que ningún cachorrito murió en sus numerosos partos. Desparasitar a los caninos, bañarlos y cuidarlos le nacía desde sus entrañas. Y le dio por criar perros de raza pequinés para la venta. Eran unos caninos hermosos de orejas muy peludas, ñatos, patas cortas, a ratos malgeniados pero muy cariñosos.
De igual manera, Tico se dedicaba a cuidar las plantas. Como estudiaba en la universidad Nacional de Palmira necesitaba practicar en un terreno y gracias a su ingenio decidió aprovechar el inmenso patio de la casa de mis abuelos porque allí solamente había unos cuantos árboles frutales algunos recuerdos de mi abuelo Alonso como el icaco (fruta simple pero con un encanto especial, propia de zonas costeras), los marañones (fruta medicinal), naranja agria y naranja lima. Entonces empezó sembrando plantas ornamentales y luego le dio por cultivar rosas. Se volvió experto en hacer injertos y nos sorprendía con las rosas matizadas. Recuerdo cómo seleccionaba y cortaba las yemas de los tallos de los rosales y luego las amarraba con cintas blancas como cirujano cosiendo heridas. Los resultados eran sorprendentes. Flores rojas de mil tonos; pétalos blancos por encima, rojos o rosados por debajo; amarillo con rojo; violetas, fucsias, blancas matizadas, muchos bicolores.
Pero esta bella labor implicaba invertir mucho tiempo, despertarse temprano a desyerbar, preparar la tierra, los surcos, plantar, regar y cuidar constantemente.
Cuando empezaba, como a las siete de la mañana, le encantaba quitarse la camisa y recibir el sol hasta que empezaba a sudar y nos pedía agua, un jugo o una limonada para calmar la sed. Por lo general, esto lo hacía los sábados y terminaba en la tarde “tostado” por el sol. Mis hermanos y yo le colaborábamos regando las plantas.
Otros fines de semana se dedicaba a fumigar porque a los rosas las atacaban unos insectos diminutos color verde llamados pulgones que se camuflaban con los tallos y empezaban a devorar los pétalos. Curiosos estos animales porque al aplastarlos con las uñas no salía sangre sino tintura verde.
Mientras se dedicaba a su jardín escuchábamos “estar enamorado es descubrir lo bello que es la vida; estar enamorado es confundir las noches con los días; estar enamorado es caminar con alas por el mundo…”, canciones como esta y otras de Rafael, su cantante preferido. Retumbaban por toda la casa.
Su alegría era contagiosa, tanto que no perdonaba baile; le encantaba salir a bailar los sábados a conquistar muchachas. Además, no es porque sea mi hermano sino que era de esos hombres que al mirarlos hacen ‘suspirar’ a las mujeres.
En esa época, yo todavía era muy jovencita (sardina) y estaba de moda la discoteca El Grillo, en Quilichao, mi pueblo natal, porque creo que ya habían cerrado un bailadero muy famoso llamado Bugaloo o Tayrona que era una especie de rancho o caseta, a orillas del río Quilichao en el barrio El Rosario, donde se ‘castigaba baldosa’ los fines de semana desde la tarde hasta entrada la noche solamente. A eso creo le llamaban ‘agüélulos’ porque no se bebía demasiado. Eran reuniones de esparcimiento muy sanas.
El Grillo, cuando yo lo conocí después de cumplir mis quince años, y además siempre acompañada de uno de mis hermanos, era un metedero pequeño y oscuro con pocas luces, pero esas luces se volvían mágicas cuando disparaban colores al ritmo de cada género musical. Por ejemplo, con el rock era todo un espectáculo.
Yo creo que en esa época, años 70, levantarse la plata para ir a bailar y beber era una hazaña. ¿Tal vez la entrada sería gratis?
La cosa es que mi hermano por ser el mayor era muy ingenioso y le dio por vender claveles y rosas para el Día de la Madre. Y como era tan ‘metelon’, no sé qué muchacha ni en qué floristería de Cali le dieron algunos secretos para hacer arreglos florales y llegó a la casa motivado con la idea y nos puso a trabajar a las mujeres.
Claro, mi mamá le celebró la idea, porque eran épocas también de rebusque y más con nuestra familia tan numerosa.
Mi papá trabajaba manejando un bus, sin descanso, hasta sábados y domingos. Tan sólo ahora a mis años, me pregunto, ¿cómo logró mi hermano estudiar en una universidad? Eran otras épocas.
Desde vísperas del día de la madre empezábamos a hacer solitarios: arreglos con dos o tres flores y un moño o diseños un poco más grandes. Los floreros eran de varios tamaños, en cristal y barro. Mis dos hermanas mayores: Florencia, Cristina, mi mamá y yo nos volvimos expertas en cortar y enterrar en un oasis claveles y rosas buscando la armonía floral para atraer clientes. Eran días de buen trabajo donde hasta mi prima Elvira, con su inmensa creatividad, nos enseñó a hacer los moños o adornos con cintas delgadas y gruesas.
Como el clavel rojo era el más vendido y se agotaba pronto, Tico aprendió a tinturar los blancos que de un día para otro se transformaban como por arte de magia al chupar la tinta roja.
Recuerdo la sala de la casa llena de arreglos florales, desde el día anterior los separaban o los dejaban pagos. Lo que más me gustaba era ver el cariño con que los clientes demostraban su amor hacia sus progenitoras o suegras. Una tarjeta con un mensaje especial era el complemento final del ornamento floral.
Por ende, nuestra celebración familiar de esa fecha siempre pasaba para el domingo siguiente. La mesa de comedor era de ocho puestos y siempre hacía falta asientos por lo que comíamos en turnos o traíamos bancas.
Mi hermano siempre nos enseñó a respetar a nuestros padres y a no discutir sus órdenes. Eso era ley. Había un dicho que recuerdo mucho: a los mayores se les respeta por edad, dignidad y gobierno.
Tico era tan especial que siempre se preocupó porque tuviéramos una infancia alegre. Nos llevaba a ver espectáculos a Cali: patinaje en el hielo, circos y siempre nos traía detalles para nuestros cumpleaños. Creo que por ser el mayor y por ser hombre reemplazaba a mi padre mientras trabajaba para que no nos faltara nada (éramos 11) y le colaboraba a mi madre en esas tareas invisibles.
Si Tico estuviera vivo tendría 72 años pero a mi familia y a mí nos dejó un gran legado que sigue vivo en nuestra memoria. Porque hasta la casa que tenemos de herencia en mi Quilichao, fue una idea que nació de él. Trabajó fuerte supervisando las obras. Si aún hay flores en su jardín no olvidaré que allí están sus semillas.
Tico nos enseñó lo invencible de la fuerza del espíritu, saltar barreras, derribar muros y tener mucha fe en Dios. Le encantaba armar pesebres y era devoto del Niño Dios.
Meses antes de morir le dije llorando: ¿por qué Dios te mandó esta dura enfermedad? y él firmemente me contestó: “Dios da, Dios quita”.
Y hoy al escribir y recordar a mi lindo hermano doy gracias a Dios por ese ángel que vino a esta tierra, gracias por llevar en alto su compromiso de hermano mayor en bien de la familia y muchas gracias por seguir siendo nuestro ángel guardián allá en el cielo.
Ah y si alguien de verdad me conoce ya sabe de dónde proviene mi amor por las flores y la naturaleza. Él decía “no hay día feo, todos son hermosos, con sol, con lluvia o con tempestades”.



