MEMORIA Y RECUERDOS



La memoria es un diccionario sin abecedario ni índice. Es la recopilación de toda la vida encerrada en unas membranas apellidadas neuronas. Son unas hojas comprimidas que guardan voces, caras, paisajes, sonidos de aguas que corren, brisa que golpea los brazos, perfume que rozan los aires y llegan hasta el olfato.
Y los recuerdos son una otra cosa. Son videos, cortos, como pequeñas películas que condensan encuentros, visitas, indiscreciones, jugadas famosas, besos furtivos, conversaciones picantes o despedidas furiosas. Los recuerdos están pegados en la memoria y forman un aposento muy grande donde juegan hadas, se revuelven aguas calientes, caen cascadas heladas y aparecen gnomos por detrás de las cortinas. Suenan gotas, se oyen voces conocidas, miradas de ojos y labios de personas amadas. Traen al presente antiguas charlas en voz baja, escenas de amor y lágrimas, despedidas para siempre y reconciliaciones y ternezas de amantes que regresaron.
Tanto la memoria, parecida a la de los modernos aparatos, son chips a los que acudimos sin que haya que instalarlos en una rendija detrás de la oreja o por detrás de la cabeza. Con solo evocar con el pensamiento saltan como liebres las escenas, los escalofríos, olores y remolinos.
Los recuerdos son más sofisticados. Llegan con todo y detalles cuando menos lo pensamos o queremos. Lo cogen a uno desprevenido, lo sorprenden y lo asustan. Pueden causar un incendio o parecen un temblor de tierra o un vendaval en verano. O avasallan con de tristeza o conmueven hasta la esquizofrenia. ¿No lo ha, usted, experimentado?
Memoria y recuerdos son dos gemelos que viven agazapados allá, adentro del ser humano. No podríamos vivir sin ellos. Sin memoria serías como zombis, sin monedera o billetera que a todas horas debe meter uno la mano al bolsillo para sacar con qué comer e invitar. ¿Cómo conversaríamos de nuestra niñez, de lo que aprendimos en la universidad o la escuela, de las experiencias de química, de los olores de un muladar o de las exquisiteces de un hotel?
Y… ¿de los recuerdos qué decir? Son nuestros mejores dulces o nuestra peor diversión. ¿Quién no quiere acordarse de la primera cita, del primer beso, del día del grado, del regalo que nos dio la novia, o del viaje al otro lado del mar? O, de la última discusión, o de aquella noche que no pudimos dormir por un escándalo con música en la vecindad, o del susto cuando tembló, o cuando falló el ascensor y subió al último piso en un santiamén?
Lo cierto es tanto la memoria como los recuerdos son compañeros de viaje sin los cuales no se puede ir en bus ni en avión ni siquiera salir de paseo al centro o de compras al almacén. Es como viajar sin cédula o pasaporte, como pretender salir sin sombrilla en noche de tormenta o pedir tortillas con vidrio para una cena de navidad.
Oh, bendita memoria que nos permite ser brujos y sacar como de un pañuelo palomas, sueños, personajes, y volver a oír y evocar la última imagen de la mujer amada cuando silbó en el supermercado.
28-03-17 11:34 a.m.



