MELO Y LA COMUNA DE LOS ANDES


El recuerdo de esta cruzada de expropiación queda escrito en los anales de la historia con trazos indelebles de sangre y fuego. Carlos Marx, refiriéndose a la Comuna de París de 1871.
Rebuscando en mi biblioteca al amanecer, decido conocer un poco más de la historia colombiana. Supe por este libro titulado: José María Melo. Una obra olvidada, ninguneada y despreciada, escrita por el historiador, abogado y político tolimense ya fallecido, Darío Ortiz Vidales, que cuando el 4 de diciembre de 1854, terminó derrotada la revolución artesanal, un conflicto armado entre el pueblo y la naciente oligarquía criolla, con Tomás Cipriano Mosquera a la cabeza, siendo uno de los primeros caudillos, que levantaron patíbulos después de su victoria para ajusticiar a los líderes populares.
En el frenesí triunfalista de Mosquera e Hilario López, una vez tomada la aldea bogotana por sus tropas, celebraron en la Cámara de Representantes con el cónsul yanqui, brindando y comiendo en abundancia. Cuenta en su investigación el historiador y político de “Chaparral de los grandes”, que durante el convite con el gringo, el general caucano conocido como “Masca chochas”, por tener la mandíbula de plata, la embarro con la misión diplomática venezolana, expresándose mal como si fuera hoy. Poniendo en aprietos las relaciones internacionales con la nación hermana.
Por esos días trágicos, se pasó del paredón de Mosquera al pasquín: “Los matachines”. Unas hojas impresas contra los vencidos con comentarios y caricaturas burlonas y groseras. Mientras el general Melo, que era el dueño del periódico ideológico de la causa rebelde, el “Alacrán”, Obando, Torres y Posada, permanecían detenidos a pan y agua, encadenados en las aulas del Colegio San Bartolomé de Bogotá. En mala hora sus carcelarios se olvidaban, que en todas las contiendas los conflictos terminaban en armisticio donde se indultaban las tropas insurgentes, y a sus dirigentes.
Pero Mosquera, sólo deseaba fusilamientos y cárcel. Cuenta Vidales, que las persecuciones superaron las del antiguo virrey colonial español. Y sus métodos fueron rigurosamente aplicados a todos los participantes de esta primera revolución social armada en Colombia, con características de “Comuna de París” sobre la cordillera de los Andes.
Con esta represión sin precedentes, el nuevo gobierno reflejaba su odio de clase contra las “Sociedades democráticas”.
Treinta años después con Núñez y el archicatólico Caro, los vencedores impondrían la Constitución del 86. La cual establecía en su artículo 47: “Son prohibidas las juntas políticas populares de carácter permanente. Apartado, que duró ciento veinte años”. Sólo Murillo Toro (que fuera luego presidente de la República) con otros “radicales”, protestó por el maltrato a José Antonio Melo, y demás rebeldes participantes en la insurrección. Los que apenas duraron siete meses en el gobierno intentando arrebatarle el poder a la naciente oligarquía colombiana del capital agrario o conservatismo, y al capital financiero, liberalismo.
Los democráticos de Melo, recibieron un trato infame de los llamados Republicanos. Doscientos artesanos fueron encadenados y deportados a la de aquellos tiempos lejana Panamá. Una zona húmeda e inhóspita, repleta de anofeles. Donde los que lograban llegar morían de paludismo, disentería, cólera y tuberculosis. Muchos prisioneros en el trayecto eran asesinados o abandonados en el camino.
Florentino González el Procurador General de la Nación de aquella época. Fue un defensor contumaz de la naciente burguesía. Y uno de los más recalcitrantes opositores a la amnistía de los insurrectos, diciendo: “Los rebeldes deben ser extirpados todos como un tumor maligno” (Cualquier parecido con el de nuestros días no es pura coincidencia).
UN EPITAFIO PARA MELO
Armando Orozco Tovar
Llegaba al amanecer
a organizar tropas y caballerías.
Aún era muy joven cuando comenzó
a pelear por la libertad al lado de Bolívar.
Pijao de pura cepa
siempre fue invencible sobre su alazán
con su lanza y sable.
Sin visa ni pasaporte recorrió todos países.
Transitaba por ellos
como si pasara de un cuarto a otro
de una misma casa.
Aprendió a pensar
en las batallas de Bomboná,
Pichincha, Junín y Ayacucho.
al lado de Sucre y el Libertador.
En un frío amanecer mexicano
lo fusilaron contra un muro
de un convento de monjas.
A Aquel que hizo la guerra
contra la naciente oligarquía colombiana y España.




