MEDITACIÓN SOBRE LA MUERTE
Por: Pbro. Edwar Gerardo Andrade Rojas
Párroco, Paerroquia La Santísima Trinidad, Santander
Nadie puede hablar de la muerte con pleno conocimiento de causa. ¿Cómo podría hacerlo, pues, quien no ha pasado por esta experiencia? Encontramos personas de corazón generoso, que cuidan a los enfermos en la última fase de su vida, pero tampoco ellos nos dicen qué es la muerte. Han acompañado al moribundo pero no hasta el final del camino. De pronto, una gran distancia se abre entre ellos y el moribundo: la que separa la vida en la tierra y la muerte. Se puede pensar que los cristianos no sabemos de la muerte más que otras personas, sin embargo hemos recibido palabras que aclaran este enigma “en la verdad que el Espíritu Santo ha enseñado” (B. Pascal). Hemos de reconocer humildemente que nuestro saber viene de Otro. Pero esta humildad de nuestra fe está plena de audacia, pues consideramos “la muerte en Jesucristo, y no sin Jesucristo. Sin Jesucristo es horrible, es detestable y el horror de la naturaleza. En Jesucristo es del todo distinta: es amable, santa y el gozo del fiel. Todo es dulce en Jesucristo; hasta la muerte” (B. Pascal).
En el momento actual, no es fácil hablar de la muerte. El sólo hecho de mencionarla parece un asunto molesto. Sin embargo, es el acontecimiento que ilumina nuestra vida, ya que en la muerte nos resultará imposible ignorar nuestra propia existencia, o lo que es igual, en el instante de la muerte seremos exactamente aquello que hicimos durante el transcurso de nuestra existencia. La Iglesia, durante el mes de Noviembre, tradicionalmente dedicado a “orar por los fieles difuntos”, nos invita a meditar sobre esta realidad, precisamente para que no nos encuentre desprevenidos ese momento supremo, pues muchos olvidamos, en cierto sentido, que el más allá no es un mero futuro, que la muerte es una dimensión actual de la existencia humana y que las realidades terrestres sólo adquieren su pleno valor cuando se integra en ellas el verdadero sentido de la muerte.
Si la muerte no es el final, sino una profunda transformación del ser humano. Si la persona tiene una fe operativa y práctica, depositando su esperanza en que seguirá existiendo, aunque haya que “cambiar de casa”, el panorama es diferente, puesto que, según las palabras de la Liturgia de la Iglesia: “la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma y, al deshacerse nuestra morada terrenal adquirimos una mansión eterna en el cielo” (Prefacio 1 de Difuntos). De esta forma, quienes seguimos a Cristo, experimentamos que la vida se cambia, pero no se pierde, que “somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo” (Filipenses 3, 20), teniendo por seguro que “en el momento de la muerte, el hombre se encuentra por primera vez frente a frente con este Dios, en quien tenía fe durante su vida, o, por el contrario, a quien rechazó en su vida, o que simplemente le fue indiferente” (Renold J. Blank). Si bien es cierto que cada acto que practicamos tiene su peso exacto en la balanza de nuestra existencia, porque somos el resultado de nuestras pequeñas o grandes decisiones, de nuestras pequeñas o grandes omisiones, como una red que se ha ido tejiendo punto por punto, como cristianos sabemos que, la muerte es el final de una corta peregrinación y la llegada a la meta definitiva, para la que nos hemos preparado día a día, poniendo el alma en las tareas diarias. Conocemos que ese momento no llegará como el “ladrón en la noche”, porque serenamente contamos con ese centro definitivo que es nuestro Señor, pues “Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor” (Romanos 14, 7-8).






