MÁS FIRME QUE PERRO DE TALLER


MÁS FIRME QUE PERRO DE TALLER.
Llevo mi carro al taller recomendado por los taxistas del aeropuerto para que revisen un ruido raro al frenar. Siempre es bueno hablar con ellos, ya que son un termómetro de la situación en cualquier parte del mundo y se las saben todas.
Al llegar al sitio, básicamente un garaje doble, caigo en cuenta de dos cosas: primero, que faltan las fotos de almanaque de mujeres en bikini que antes adornaban las paredes manchadas de grasa; y segundo, que resalta la vigilante presencia de Lucas, el perro de toda la vida que está atento a la calle sin salirse. No ladra, pero verlo es suficiente para desanimar al que no debe entrar. Es el representante canino del frente de seguridad del barrio, que de verdad existe y funciona.
Decido esperar a que le cambien las pastillas de las ruedas delanteras y me dedico a conversar con el flaco, dueño y único mecánico de “Frenos y Frenos”, quien me actualiza la información que oye en “Tropicana la más bacana”, no sin antes reclamarme por no haberle reparchado la calle. Me excuso diciéndole: “Hermano, Popayán tiene más de 4.000 calles y pavimentamos 800. Ya hubiéramos querido que alcanzara para todas”.
Le cambio de tema hacia el fútbol, pero el hombre se me devuelve a los problemas de la ciudad. Me transmite la queja de los vecinos de la avenida que tienen restaurantes y cafeterías; las ventas se han caído y en el hotel de la glorieta sacaron a tres pelados, pues la gente no está llegando o duermen en los carros. “La violencia que se vive en el Cauca nos está afectando, pollo, ¿qué hacemos?” Lucas se sienta y podría jurar que se sonríe compasivamente ante la andanada de críticas que siguen. En una hora, el flaco se desahoga contra todo el mundo. No deja títere con cabeza y vuelve a hablar de mi alcaldía. Le contradigo y le aclaro muchas cosas. Me defiendo hasta donde puedo y le pregunto: “Bueno, dame una, ¿qué te gustó de lo que hice?” No duda un segundo y responde: “¡Haber eliminado las carretillas! Esa te la reconozco, pollo, cero caballos trabajando en las calles estuvo bien”. Toma aire… y vuelve a arrancar. Le recuerdo al flaco que hace 200 días ya no soy el alcalde, y para no echarle sal a la herida me reservo los comentarios que siguieron.
Por fin se termina el arreglo, nos tomamos un tinto de termo y mientras le pago me dice, como en advertencia, que no vota por nadie porque todos son iguales. Que en el único que cree es en Lucas, su perro, quien lleva seis años acompañándolo y jamás lo ha defraudado.
Nos despedimos con la certeza de que volveremos a vernos y me voy pensando en las ventajas de vivir en una ciudad intermedia, donde fácilmente se puede oír a la gente, sin filtros, tomarle el pulso directamente a sus angustias, decepciones y también sus esperanzas. Y en lo importante que es aceptar la crítica. A pesar de lo dicho, creo que el flaco, como todos, sigue esperando que la situación mejore. Es una manera de defenderse. Además, irse no es la salida. ¿Para dónde? Eso lo pueden hacer muy pocos.
Pasé ayer frente al taller del flaco y lo vi trabajando. Le pité en señal de saludo, levantó la mano y se sonrió. Al lado estaba Lucas; puedo jurar que también sonrió. En ese instante, terminé de entender lo que significa la expresión popular “más firme que perro de taller”.
Postdata: olvidaba que Lucas me preguntó qué ha pasado con el refugio animal. “Espera la próxima columna”, le dije.
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* Foto tomada de: Semana / Katherine Arenas Hurtado. *




