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Jueves, 1 de octubre de 2026

¿Mala memoria?

María Cano - La Flor del Trabajo
Gloria Cepeda Vargas
Gloria Cepeda Vargas

María Cano, la Flor del Trabajo de Colombia, la primera mujer que se lanzó entre nosotros al torbellino de las lides sociales y cuya palabra tenía la virtud de elevar a los obreros por encima de su propia comprensión y de hacerles ver que también tenían derecho a la esperanza, escribió Gerardo Molina en ‘Las ideas liberales de Colombia’ en el Medellín de 1915, refiriéndose a María Cano Márquez, la única mujer que en Colombia ha ejercido un incuestionable liderazgo social y político.

María de los Ángeles Cano nació en Medellín el 12 de agosto de 1887 frente a la casona donde el 9 de marzo de 1791, vino al mundo el héroe y mártir de la independencia Antanasio Girardot. Fue la última hija nacida del matrimonio de don Rodolfo Cano, hermano de Fidel Cano, fundador de El Espectador, y de doña Amelia Márquez. Creció respirando aires iluministas y de trascendentalismo filosófico cultivados de manera inteligente en su familia integrada por los más destacados intelectuales, educadores y pensadores de la época. En el ambiente férreamente conservador de la sociedad, la suya fue una familia de excepción. Poetas, músicos, escritores, educadores y sobre todo libertarios de pensamiento y acción, fueron sus padres, tíos, hermanas, sobrinos, primos y amigos. Rompiendo el molde femenino tradicional, colaboró en los más combativos periódicos de entonces como el Correo Liberal y cofundó  la célebre revista Cyrano. El siglo XX de batallas y transformaciones irreversibles, la vio y escuchó como un huracán desbordado, clamando en plazas y auditorios por la redención de las clases sociales más desprotegidas.

María Cano - La Flor del Trabajo
María Cano – La Flor del Trabajo

Hizo de la clase obrera razón de vida. Su vinculación al periodismo la familiarizó con las luchas sociales y sus frecuentes incursiones por los barrios más pobres de Medellín, le mostraron la cara de la miseria. Mujeres, hombres, niños reducidos a la ignorancia y el dolor. Seres de segunda, que intentaban sobreaguar en una sociedad confesional y machista, donde la iglesia y el partido conservador, negaban a la mujer desde el derecho ciudadano hasta la administración de su patrimonio. Sin descanso, luchó por la erradicación del servicio militar “obligatorio”: El servicio militar no es justo porque cae solo sobre la clase más pobre y desvalida, decía (El Correo Liberal, Medellín, 11 de agosto de 1925), el establecimiento de ocho horas laborales para los asalariados,  el reconocimiento del ser humano sin distingos de género o estatus social. Poseedora de una facilidad de palabra asombrosa, hizo de la oratoria política su arma preferida. Flor del Trabajo regional y nacional la declararon sus hermanos, los mineros de Segovia, los braceros de Buenaventura, las y los trabajadores de las textileras antioqueñas, de las cervecerías, cigarrillos y tabaco, gaseosas, trilladoras de café, los huelguistas de Barrancabermeja -epicentro de las luchas sociales- por quienes se batió de frente con gobiernos miopes y transnacionales desalmadas. Sufrió cárcel, menosprecio social y clerical, envidias, ataques soterrados.

Serían menester muchas páginas para reseñar todo lo que imaginó y realizó esa mujer extraordinaria, cofundadora del Partido Socialista Revolucionario, antecesor del Partido Comunista Colombiano, protagonista de justicieras batallas sindicales, insurgencias obreras, reclamos populares, conquistas democráticas. A su oratoria, única en un país en transición, las luchas indígenas y los planteamientos del Partido Socialista Revolucionario, debe Colombia el final de más de cuarenta años de hegemonía conservadora con la apertura civilista para las multitudes liberales y el despertar de las masas obreras y campesinas.

A sus luces de estadista y su convicción justiciera, unió reciedumbre casi imbatible y respeto por las cosas bellas y nobles de la vida. Hoy, cuando un nuevo 8 de marzo asoma, debemos recordarla. No ocupa el lugar que le corresponde en las evaluaciones patrias. Ni siquiera la izquierda colombiana reconoce lo que fue: orgullo de nuestro gentilicio. Después de cinco años de inclinarse sobre estos surcos de dolores, sus copartidarios la silenciaron con arteras sindicaciones y personalismos cuestionables: En esta campaña fueron heridos y marginados promisorios cuadros obreros en ascenso, y destruidos políticamente Tomás Uribe Márquez y María Cano, dijo Ignacio Torres Giraldo. Murió en absoluta pobreza y olvido en Medellín el 26 de abril de 1967 a los ochenta años de edad.