¿Mala memoria?


María Cano, la Flor del Trabajo de Colombia, la primera mujer que se lanzó entre nosotros al torbellino de las lides sociales y cuya palabra tenía la virtud de elevar a los obreros por encima de su propia comprensión y de hacerles ver que también tenían derecho a la esperanza, escribió Gerardo Molina en ‘Las ideas liberales de Colombia’ en el Medellín de 1915, refiriéndose a María Cano Márquez, la única mujer que en Colombia ha ejercido un incuestionable liderazgo social y político.
María de los Ángeles Cano nació en Medellín el 12 de agosto de 1887 frente a la casona donde el 9 de marzo de 1791, vino al mundo el héroe y mártir de la independencia Antanasio Girardot. Fue la última hija nacida del matrimonio de don Rodolfo Cano, hermano de Fidel Cano, fundador de El Espectador, y de doña Amelia Márquez. Creció respirando aires iluministas y de trascendentalismo filosófico cultivados de manera inteligente en su familia integrada por los más destacados intelectuales, educadores y pensadores de la época. En el ambiente férreamente conservador de la sociedad, la suya fue una familia de excepción. Poetas, músicos, escritores, educadores y sobre todo libertarios de pensamiento y acción, fueron sus padres, tíos, hermanas, sobrinos, primos y amigos. Rompiendo el molde femenino tradicional, colaboró en los más combativos periódicos de entonces como el Correo Liberal y cofundó la célebre revista Cyrano. El siglo XX de batallas y transformaciones irreversibles, la vio y escuchó como un huracán desbordado, clamando en plazas y auditorios por la redención de las clases sociales más desprotegidas.

Hizo de la clase obrera razón de vida. Su vinculación al periodismo la familiarizó con las luchas sociales y sus frecuentes incursiones por los barrios más pobres de Medellín, le mostraron la cara de la miseria. Mujeres, hombres, niños reducidos a la ignorancia y el dolor. Seres de segunda, que intentaban sobreaguar en una sociedad confesional y machista, donde la iglesia y el partido conservador, negaban a la mujer desde el derecho ciudadano hasta la administración de su patrimonio. Sin descanso, luchó por la erradicación del servicio militar “obligatorio”: El servicio militar no es justo porque cae solo sobre la clase más pobre y desvalida, decía (El Correo Liberal, Medellín, 11 de agosto de 1925), el establecimiento de ocho horas laborales para los asalariados, el reconocimiento del ser humano sin distingos de género o estatus social. Poseedora de una facilidad de palabra asombrosa, hizo de la oratoria política su arma preferida. Flor del Trabajo regional y nacional la declararon sus hermanos, los mineros de Segovia, los braceros de Buenaventura, las y los trabajadores de las textileras antioqueñas, de las cervecerías, cigarrillos y tabaco, gaseosas, trilladoras de café, los huelguistas de Barrancabermeja -epicentro de las luchas sociales- por quienes se batió de frente con gobiernos miopes y transnacionales desalmadas. Sufrió cárcel, menosprecio social y clerical, envidias, ataques soterrados.
Serían menester muchas páginas para reseñar todo lo que imaginó y realizó esa mujer extraordinaria, cofundadora del Partido Socialista Revolucionario, antecesor del Partido Comunista Colombiano, protagonista de justicieras batallas sindicales, insurgencias obreras, reclamos populares, conquistas democráticas. A su oratoria, única en un país en transición, las luchas indígenas y los planteamientos del Partido Socialista Revolucionario, debe Colombia el final de más de cuarenta años de hegemonía conservadora con la apertura civilista para las multitudes liberales y el despertar de las masas obreras y campesinas.
A sus luces de estadista y su convicción justiciera, unió reciedumbre casi imbatible y respeto por las cosas bellas y nobles de la vida. Hoy, cuando un nuevo 8 de marzo asoma, debemos recordarla. No ocupa el lugar que le corresponde en las evaluaciones patrias. Ni siquiera la izquierda colombiana reconoce lo que fue: orgullo de nuestro gentilicio. Después de cinco años de inclinarse sobre estos surcos de dolores, sus copartidarios la silenciaron con arteras sindicaciones y personalismos cuestionables: En esta campaña fueron heridos y marginados promisorios cuadros obreros en ascenso, y destruidos políticamente Tomás Uribe Márquez y María Cano, dijo Ignacio Torres Giraldo. Murió en absoluta pobreza y olvido en Medellín el 26 de abril de 1967 a los ochenta años de edad.



