Los Toros de Petro
Por: Luís Barrera
Con la llegada de Gustavo Petro a la Alcaldía se inauguró una nueva etapa de la vida democrática en la Capital de la República y para el país entero quedó demostrado que sí es posible por medio de las urnas y no por el camino de las armas acceder al poder para hacer valer las ideas y gobernar con honestidad.
El mandatario de los bogotanos se opone, por su convicción política y formación humana, al maltrato de cualquier ser sensible, y especialmente al maltrato institucionalizado en espectáculos públicos, por considerarlo en su respetable opinión degradante para cualquier persona, así como considerarla como una de las más perversas manifestaciones del ser humano comprometiendo según su óptica igualmente partícipes al que actúa y al que mira.
Al igual que algunos antitaurinos, los toros, la fiesta brava, constituye además un hecho de “simple y llana tortura”. Consiguientemente, se oponen a las corridas de toros y a todas las manifestaciones y derivaciones de éstas llámense encierros, festejos, novilladas, corralejas etc.
Gritar “asesinos” a quienes asisten a las corridas no es amable, llamarles sádicos, enfermos, degradados, bárbaros, no es pacifista; muy otra cosa es que alguien crea que sus intenciones no estén atizadas por el rencor, el odio y la intolerancia con las cuales atacan la fiesta desde todos los flancos y valiéndose de cuanta mentira exista o mala interpretación tengan.
Un país libre y civilizado no se compadece del totalitarismo cultural que pretenden imponer al fijar los gustos culturales de los demás a su antojo; piénsese esto con el agravante de una pérdida sorda y vergonzosa de las culturas de los pueblos generada por una globalización disimulada donde se empatan los discursos culturales anulándolos por completo.
No comparto, aunque admiro al alcalde Petro como digno ejemplo de superación personal y política en un país de “intolerantes y salvajes”, la idea abolir la tauromaquia en Bogotá y Colombia por el supuesto maltrato al animal sino por sus consecuencias en la condición humana, según el propio Petro y quienes creen que las corridas afectan a tal condición de una manera más aguda que el ataque a una cultura, a un arte, a una fiesta o una pasión, más que los millones de seres humanos que mueren todos los santos días de hambre en África y tantos países subdesarrollados y para quienes los antis no tienen ni una sola palabra de solidaridad.
Más degrada a una persona tener la errónea concepción de que el problema existencial de los toros de lidia sea la muerte de estos en un ruedo pues ello corresponde fielmente a su naturaleza de animal para el combate y no, como realmente lo es, SU VIDA, sus condiciones sanitarias y alimenticias, su espacio vital en las dehesas, su hato de vacas y novillos; un animal, cuyo lugar en la naturaleza es la lucha, hecho y criado para la lidia no se aleja de su condición al entrar en un ruedo, ni mucho menos, viviendo como rey en el sistema ecológico más digno y cuidado de todos: su potrero natural.
Los toros de Petro son otros que ya lo empiezan a embestir, la pobreza extrema, el caos en la movilidad, la inseguridad y violencia, la secuela de las prácticas indelicadas en los asuntos distritales, la contaminación atmosférica, la contaminación hídrica, la población desplazada entre otros ejemplares que deben ser toreados con pinceladas como hacen los que sienten y aman el arte de cúchares.
Leer más…




