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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
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Hace menos de una semana bajé de Cali a Popayán a gozar de la literatura y la ricura del frío en la culta y añeja ciudad. Me fui de noche para lograr estar puntual a las 8 de la mañana en la cita cultural.
Por la ventana de la Kia en que viajaba pasaban los paisajes, las montañas, los rastrojos y nos llegaba el ulular del búho con sus ojeras. Al frente el conductor se distraía con unos videos de cantantes norteños. Cuando el reloj marcaba las 11 flat paró el chofer para abastecer de gasolina su camioneta. Un camión dobletroque, de placas SRC-089 estaba parado allí tomando respiro y aprovisionándose también de combustible. En su vientre llevaba un cargamento ensangrentado. Eran seis lotes de troncos jóvenes cortados. Todavía exhalaban el dulce olor a madera que salía de sus cuerpos masacrados. Cuando la Kia arrancó de nuevo, otro camión de iguales proporciones, llegó a juntarse con su compañero de carnicería.
¿A cuántos árboles pertenecían esas piernas, esos muslos, esos brazos, esas trozas mutiladas? ¿300, 500, mil? Tal vez dejaron calva una montaña entera o dos o tres hectáreas de un mullido bosque. ¿Desde dónde venían esos fúnebres cargamentos? ¿Del Caquetá, del Putumayo, de Tierradentro, de Nariño? ¿Era su piel y su raza de otovo, de cedro, de roble, de arrayán, pino, almendro o eucalipto? Ya había presenciado en otra madrugada por las calles de Cali otra tandada de camiones con igual carga desgraciada. Y a mi regreso, el día siguiente, volví a contar otros tres supercamiones que subían a llevar tal cargamento a ciertos o anónimos compradores. Vaya usted a saberlo. ¿Sus nombres los conocerá el ICA, la C.R.C?
Sí. Los robles y los árboles en su hábitat llevan una vida apacible. Nacen endebles pero el viento y la tempestad no les hacen daño. Crecen, se hacen jóvenes y dan abrigo a pájaros en sus ramas. Nunca les da fiebre ni les duele la cabeza. No andan por los campos echando bala ni robando. No fueron a la escuela pero saben que sus hojas verdes purifican el oxígeno, que son guardadores de la lluvia y que evitan las erosiones. Pueden envejecer tan sanos como nacieron y su vida la dedican a acompañar a otros hermanos como ellos, a campesinos, mariposas, dan sus frutos y distribuyen sus olores por los vientos.
Dos preguntas hicieron los árboles a sus aserradores antes de la muerte. Pero ni siquiera una respondieron sus verdugos. – ¿Quién ordenó y pagó el crimen de lesa patria de descuartizarnos? ¿Fue un grupo del ku-klux-klán con el rostro cubierto o una horda salvaje o una plaga peor que las tambochas de las que habla Rivera en La Vorágine? – ¿Para dónde llevarán nuestros miembros cercenados, cuál será nuestro último Destino? ¿Será para una papelera, o será para un depósito de maderas, para convertirnos en papel o para vendernos para la construcción y adornar costrosas mamposterías?
A los pobres árboles les negaron su última voluntad. Así también actúan, inmisericordes, los asesinos y sicarios. Les bajaron los pantalones y los sacrificaron. De nada valieron sus gritos y el horror del ambiente pues quedaba arrasada la habitación para el agua, las flores y animales.
Yo me preguntaba también por qué retenes pasarían, con qué documentación dejarán las “autoridades” que los corten y que transiten esos muertos impunes por nuestras vías a la luz del día o al amparo de la noche. ¿Qué otros “altos” intereses se mueven detrás del “permiso” o la orden de entrar a nuestras selvas y acabarlas? ¿A despojar al ambiente de su poder salvífico, a dejar inerme y expuesta a la naturaleza y a poner en riesgo la extinción de especies únicas?
01-09-09 – 8:14 p.m.



