“LOS OTROS” COLOMBIANOS


Leí en alguna ocasión, a propósito de la necesidad imperiosa de controlar el uso de nuestras palabras a la hora de darlas a conocer a los demás, una respuesta certera y muy lógica a una pregunta muy sencilla y sin aparente importancia: ¿saben ustedes, porqué la lengua está detrás de los dientes? Al comienzo, nos quedamos “azules” tratando de hallar la respuesta a tan sorprendente pregunta y entonces las respuestas salen a montón y cuando nos percatamos de la verdadera respuesta, casi filosófica, entonces nos convencemos de la misma y de su lógica sin lugar a dudas: porque los dientes son una cárcel que controlan ese pedazo de carne llamado lengua que, bien usada, sirve para comunicarnos oralmente, pero sin control, es la peor arma que pueda existir sobre la tierra, pues hace mucho daño a los demás.
Traigo a colación esa pregunta y respuesta, a propósito de los debates enconados y polémicas polarizadas que día tras día protagonizan algunos congresistas colombianos, más que todo de la oposición, a la hora de referirse a quienes no son de su gusto y de su partido, utilizando palabras despectivas, muy ofensivas, zahirientes, llenas de odio y veneno, contra sus mismos compatriotas, en este caso concreto los exguerrilleros de las desmovilizadas Farc, quienes aceptaron hacerlo para convertirse en partido político, cambiando su rol antiguo para convertirse en ciudadanos colombianos de bien, con la intención de cambiar de vida y volver a la normalidad y de paso, hacer de Colombia un país más pacífico y civilizado. De esta manera, surgen algunas preguntas claves: ¿por qué la resistencia a aceptar a los insurrectos en la actual contienda política? ¿Por qué no aceptamos a los antiguos farianos como nuestros compatriotas?

Da la impresión que hemos pasado de campo de batalla, desde donde antes se enfrentaban en forma cruel y sangrienta, con sevicia, heridos y muertos, con armas de todas clases, al otro campo semántico, especialmente en el Congreso y en otros sitios públicos, a usar las palabras en contra de “los otros” colombianos, usando la lengua sin control, sin pensar en lo que estamos diciendo, o tal vez y aún peor, pensando en hacer daño, queriendo hacerlo con ínfulas de odio y venganza. De esta manera, se va instaurando la batalla el odio encarnizado, en forma verbal, mostrando así que a los colombianos nos falta todavía mucha madurez para ser tolerantes y aprender a vivir en paz.
Para mostrar también el daño de la palabra no solo oral, sino escrita, recordemos el episodio protagonizado por Uribe, el Mesías del odio y las mentiras, a propósito del tweet que escribió en contra del profesor universitario Mauricio Archila y que propició la crítica de los mismos: “Los escritos de Mauricio Archila, integrante del Cinep y de la Comisión de la Verdad, son calumniosos y apologistas del terrorismo”. Imagínense ustedes. Con esas palabras lo comprometió peligrosamente en medio de la polarización del país.
Para concluir, recordemos un pensamiento que nos ilustra mejor el tema comentado y que cae como anillo al dedo: “UNA PALABRA HIERE MÁS PROFUNDAMENTE QUE UNA ESPADA” (Robert Burton).



