EL MESTER DE VAQUERÍA



Me he emocionado espiritualmente al leer hoy los periódicos del día. Ya entrada la mañana me encontré una joya en El Espectador de la fecha. Se trata de un hito literario. El cantante de joropos, Walter Silva, está celebrando el reconocimiento de la UNESCO sobre el Patrimonio Cultural Inmaterial de Colombia. En efecto los cantos y música llanera por fin tienen trascendencia más allá del terruño en que nacen esos aires tan arraigados en el soberano Llano.
Así como el bambuco, la guabina, el merecumbé, el pasillo o el joropo, tienen su nombre y han llevado esos aires hasta confines muy lejanos, ahora la Unesco pone el ojo sobre letras y sonidos que tejen ordeñadores y lecheros que madrugan todos los días a extraer el zumo blanco a las ubres de las vacas. Lo que allí se llama el oficio de la «vaquería».
Al leer con admiración esa noticia tan rara, me acordé de inmediato del viejo concepto medieval de dos clases de menesteres que se ejercían en esa época. Uno se llamaba mester de clerecía y otro de igual categoría: el mester de juglaría. Se trataba de conservar la memoria de lo que sucedía con los trabajos cotidianos que quedaban en el ambiente cultural de esa época. Los primeros se referían a la poesía que elaboraban los y las monjas-es y eclesiásticos y el otro que practicaban cantores de pueblo que no habían pasado por las scholas nacientes. Este último discurría por bosques, cañadas y caminos veredales, como el famoso camino a Compostela y en los oficios caseros.
Hoy se hace honor al noble oficio de quienes al amanecer toman baldes, jarras, chorotes de barro y cantinas para guardar la leche que se recoge incansable de las ubres de las vacas de una ranchería o vereda rural. Es el caso que recoge Walter Silva, nativo de Casanare, pleno Llano colombiano y lo mismo sucede en el suelo venezolano.
Así nacieron las coplas para los joropos sobre el caballo y estos al pie de las vacas que se han bautizado con el nombre de «Vaquerías». Este es un género literario que hace mucho tiempo existe pero que nadie le había dado importancia e incluido en esta categoría.
Suena raro y luce en terreno no muy pastoril ni boscoso como lo insinúa el género de Juglaría. El cual nació y creció a pié o a caballo y jacas entre bosques y caminos de barro y piedra cuando se iba al centro de pueblo y la iglesia desde la campiña y el monte. Sus letras están llenas no de salmos ni de plegarias sino de amores sencillos y ambiente rural y costumbres pastoriles. Se cantaba y se acompañaba con la zampoña, la avena o caña y la flauta dulce.
Me he regodeado en esta crónica con este tema tan cercano a mis ancestros. Nací en Guachetá, un pueblito lejano, subido sobre una sierra y mi padre era de Pueblo Viejo, una vereda de Fosca. Tal vez ahí está la raíz de algunos versos que he hilado con arvejas y pan de maíz.
06-12-17 12:13 p.m.



