LOS NOMBRES DE LOS NÚMEROS


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

LOS NOMBRES DE LOS NÚMEROS
Mientras caminaba en mi paseo diario por el Río Cali se me ocurrió fijar la atención en el nombre de los números. Empezando por los más cercanos en mi aprendizaje. ¿Cómo hice yo para aprender los números cuando era pequeño? ¿De qué han servido? ¿Es cierto que los números solo sirven a quienes estudian economía y administración y contabilidad?
Eran preguntas que yo me hacía con frecuencia. Sufrí en clase de matemáticas, química y física. Peor cuando se mezclaban los números con álgebra y letras y parábolas…¿Qué cultura, fue la que primero utilizó y le puso nombre a cada número y a cada grupo de números? ¿Fueron los árabes, que traficaban con especias y atravesaban el desierto para vivir de ellas y del modo como se mezclaban?
Veo hoy películas en donde muestran cómo andan los beduinos por las intrincadas calles de Rabat, Tetuán o de Kinshasa o cómo suben y bajan de los camellos y duermen bajo carpas blancas y cómo adoran el agua en los oasis y en las tiendas. Y me parece mágico que todos nos entendamos con el lenguaje de los números. No hay que estudiar otro idioma para sumar, restar, dividir o multiplicar o tocar la tangente.
Uno, dos, tres, cinco, veinte, ochenta, cien, mil, millón…Qué nombres tan incoloros, tan sin fondo, pero vaya a ver uno lo que cuesta conseguir la denominación necesaria para una casa, un lote, un carro o un helado cuando hay sed. Los nombres son lo de menos. Es la dificultad para juntar los billetes. Se necesita toda una vida para pesar en la balanza millón tras millón que le cobran a uno para poder vivir dignamente.
Me acuerdo que de cinco años yo me las ingeniaba para conseguir furtivamente del bolsillo de la cartera de mi padre cinco centavos. Dos monedas de dos y una de uno. Eso valía un helado y unos dulces en la tienda de la esquina. No me quiero acordar todo lo que me costaba conseguirlo cada vez que lo hacía. Me imagino que él se daba cuenta.
Al recordarlo hoy me da pena y me pongo colorado aquí frente a la persona que le estoy leyendo. Porque así y de a poco, uno se daba cuenta que quitar, sacar de la chacarera del papá era un pequeño robo. Así lo pensaba en esa edad y lo sigo pensando hoy. De esa edad ya uno tiene conciencia de que una acción de esas estaba por fuera de lo correcto. Y tenía que hacerlo a escondidas. Que ni mi mamá me viera ni mis hermanos. Robar siempre tiene el sello de culpa y de mala acción.
Ya hoy voy al banco, saco la platica que me consignan y la gasto en lo necesario. Pago la cuota de administración y me doy gusto pagar a quien me acompaña en casa. La vida me ha premiado y sé que pagar por vivir bien es un acto de justicia y amor.
01-03-19 03.23 p.m.
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