Los mismos con las mismas
Gloria Cepeda Vargas
Desde la ventana observo la grama brillante. Llovió toda la noche después del agobiante calor de los últimos días. No puedo evitar pensar en este despiporre que parece viajar –con distinta vestimenta- entre Colombia y Venezuela.
Ignoro por qué los colombianos miran por encima del hombro los estropicios cometidos en la República Bolivariana de Venezuela por mi comandante y su comparsa, ya que el mismo sainete tiene lugar en el país de la gloria inmarcesible y el júbilo inmortal. La misma egolatría, idéntica despreocupación de los problemas del otro, igual obnubilación mesiánica en el gobernante, incoherencia –chabacana aquí, barnizada allá- entre la promesa y la actitud. Y sobre todo, el obsceno alud de corrupción estatal traducido en un latrocinio impune de los dineros públicos, que anega el alma y el cuerpo nacionales, cada día más desfachatado y soez.
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Naturalmente mis panas –diría un venezolano- claro amigos –diría un colombiano-. “Construiremos cien viviendas diarias”, vocifera don Hugo Rafael mientras arrebata la propiedad ajena para alojar a los miles de damnificados que desde Falcón hasta los Andes, deja el invierno. “Señores, la prosperidad democrática va viento en popa”, musita don Juan Manuel, muy tieso y muy majo, mientras el campesino, el obrero, el ciudadano de a pie, agoniza y muere víctima de la expoliación despiadada de laboratorios, EPSS y farmacias, donde unas agallas exacerbadas hasta el infinito, trafican con la vida y la muerte sin que se les mueva un pelo.
El político colombiano es más astuto. De saco y corbata, con oratoria amamantada en “las colinas de la historia”, mano enguantada para no dejar huella y poseedor de una logística que no por perversa es menos efectiva, tira la piedra y esconde la mano. A su enquistamiento en el poder, contribuye en gran medida una sociedad aferrada a sus harapos virreinales, experta en el trueque, adicta al relumbrón, oscilante entre la adulación –muchas veces servil- y el jaque mate.
El venezolano es más primitivo. La Capitanía General de Venezuela lo convirtió en individuo de cuartel. Su historia, resuelta en gran medida en episodios protagonizados por seudomilitares invasores, sátrapas de la tierra casi todos venidos de las montañas andinas, lo hace más auténtico y quizá más vulnerable. Es fácil conocer sus intenciones. No le interesa disfrazarse y en consecuencia actúa.
Por otra parte, somos hechos de la misma arcilla pisoteada, adulterada, desconocedora de su propio valor. Pueblos valientes hasta la autonegación, inconclusos, escindidos entre el terrazguero y el terrateniente. Humanidades que se debaten en las garras de iguales miserias e ignorancias. Quizá en Colombia los arreos militares ocupan su lugar. No tenemos un presidente uniformado y eso ya es mucha suerte. Amanecerá y veremos.
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