LAS PANTALLAS GRANDE O CHICA SON MAESTRAS DE LA VIDA
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
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Pasar todo el día sentado en los pupitres de un colegio o de una universidad no garantiza que el educando esté asimilando lo que será en el futuro su pan de cada día. Tantas horas de bla-bla, copialinas y esquemas trasnochados y ladrilludos o lecciones moralistas, serán inútiles bagatelas que nacen con la nuca guillotinada desde la boca de los maestros a sueldo y eruditos. Los cartones con tintas de colores y sello magnífico bien podrán estar en el cuarto de trebejos pues no acreditará idoneidad ni sapiencia alguna.
En cambio, el muchacho o el adulto que va con su novia o su compañera a cine o que prende el TV para extasiarse viendo las novelas o los realitis tendrá una adecuada educación para este mundo cool que poco aprieta. Es tan dulce el bocado, es tan blanda la compota que nadie se molesta en masticarla y la digiere. Hasta no se indigesta con el vasadón de cocacola y la libra de palomitas de maíz.
¿Qué tienen las películas que en noventa minutos, en una o dos horas nos dejan una experiencia inolvidable clavada en la conciencia y el inconciente? ¿Acaso el ceño de acero de Anthony Hopkins, la boca sensual de Angelina o los peligrosos labios vinotinto de Kate Winslet o el disfraz de Batman y su esperado romance con Chase no son de por sí unos atractivos que no tiene la fría academia? ¿En vano Al Pacino o De Niro golpean a sus novias y asesinan con frialdad a sus compinches?
Si tal vez no hemos aprendido de nuestros padres cómo se besa una pareja, no hay más que prender la TV e ir al primer cine de la cartelera. Si tal vez en casa o en clase nunca nos dijeron qué es hacer el amor y qué es el kamasutra con sus mil y una posiciones, allí lo aprenderemos. Si alguien nunca nos dijo qué es odio, venganza, traición, guerra, confabulación, infidelidad o las bondades de la política, allí es la escuela que lo enseña. También sabremos a qué se llama ternura si vimos La Vida es bella y, si no podíamos creer lo que es el amor romántico a pesar de las dificultades, debimos ver Elvira Madigan. En Bonnie and Clyde se aprenden los detalles de cómo robar un banco o Pierce Brosnan nos muestra en Crown affair cómo se defrauda un museo de arte.
Para el bien o para el mal entrar a una sala de cine o ver una telenovela trae su consecuencia. Deja una raya trazada en el inconciente que no la borrará el cura, ni el abuelo ni la condena de la DEA en una cárcel de Miami. Pareciera que todo lo que nos dice al oído el cine o las palabrotas de nuestros actores de telenovelas fueran los modelos que tenemos que seguir en bares, oficinas y en la calle. Las costumbres sociales, el lenguaje, la moda, las comidas, la manera de caminar, de coger el cigarrillo y echar el humo por la boca son estereotipos copiados del celuloide, de los galanes y divas con sus ligas y ademanes. La cultura se nos inocula, sin necesidad de viajar o estudiar o de visitar museos, desde la pantalla que trepida con metralla o que se ilumina desde arriba con luces multicolores en la rumba con las ensordecedoras baterías.
No fuimos educados para la tolerancia, para el respeto, para el disentir, para el diálogo, para el amor, para la sana convivencia. Nuestros estándares educativos son ecuaciones de rendimiento. La Academia de los Óscares rara vez premiará el tema o los valores humanos. Y nuestra Comisión famosa de TV es un fantasma que no ve ni se da cuenta de lo que la pantalla enseña.
24-03-09 – 12:06 p.m.



