LAS BRUJAS DE POPAYÁN


LAS BRUJAS DE POPAYÁN

Existe una antiquísima tradición íntimamente relacionada con la religión y la superstición, los españoles además de sus bártulos nos legaron nigromancias y sortilegios. Era tal la influencia de la brujería en la recién fundada ciudad que muchos conquistadores acudían a ella para encontrar el anhelado Dorado.
Un pariente de Sebastián de Belalcázar, ganó prebendas gracias a sus amoríos con la bella hechicera Policarpa Sánchez, abandonada por su marido y sin recursos para su congrua subsistencia. Con ella tuvo una hija, pero cuando fue nombrado regidor se desentendió de sus compromisos, por su ignominia la bruja le impuso un maleficio que le llenó de gusanos el cuerpo, murió asfixiado mientras le brotaban por ano, boca, ojos, nariz y oídos.
El papa Pablo III el 1 de septiembre de 1546, para neutralizar tan nefasta influencia, creó la Diócesis de Popayán, designando como obispo a Juan del Valle, un sacerdote docente en la Universidad de Salamanca, de nombre Juan Sánchez García; pero se le apodó “del valle” por ser nativo de la planicie segoviana de Monzoncillo y afecto a la doctrina de Bartolomé de las Casas defensor de las comunidades Yanaconas.
La Diócesis conoció que un gran número de religiosos estaban involucrados en prácticas supersticiosas, mas no era solamente el bajo clero que en ello creía y practicaba, sino altos jerarcas que eran los más reacios en abandonar sus supercherías, en teoría combatidas por ellos, como fray Juan González de Mendoza denunciado porque desde que desembarcó en Cartagena de Indias y estando en Popayán, no hizo sino utilizar los evangelios para leer la suerte y adivinar el futuro.
Las brujas protegieron a importantes protagonistas de la historia, sus conjuros desataron odios, y pasiones desenfrenadas entre criollos y españoles ligados con lazos de matrimonio, familiaridad y afinidad. También curaron el mal de ojo, maleficio transmitido por miradas celosas, de envidia o resentimiento. Ese mal hace que los bebés sufran padecimientos e incluso mueran.
En aquella época, la mulata María Antonia lo curaba con azabaches vociferando los cuatro evangelios al tiempo que les persignaba la frente, la boca y el pecho, con pases de tabaco, incienso y riegos de guandú y matarratón.
Esta pitonisa ganaba mucho dinero vendiendo un polvo amarillo que arrojaba a los hombres para llevarlos a pecaminosos concubinatos; la acusaban de conjurar maleficios que otras brujas contrarrestaban en una red de pernicioso negocio.
El día de los difuntos sobrevolaban las casonas de techumbres añosas, deshonrando campanarios y cúpulas sempiternas como harpías y adivinadoras del destino, expertas en lujuria y brebajes. Son doncellas del diablo, agrestes como el viento y el relámpago, que se adueñan del espacio sideral bajo los vértigos y alucinaciones de la mandrágora y la hierba mora.
Frecuentan el cerro de la Eme, en aquelarres que subyacen las energías sombrías del cementerio indígena en la pirámide truncada del morro de Tulcán. De los humedales de bosques de cucharo y cascarillo recogen las aguas de sus pócimas encantadas y camuflan sus voces en las estridencias de grillos y alimañas nocturnas. Allí en orgías delirantes, bailan y cantan toda la noche. En sesiones de alcohol preparan bebedizos con sangre menstrual y semen varonil para la perdición y el encantamiento de sus víctimas. Con el advenimiento del alba huyen convertidas en pájaros o mariposas. Con la luz pierden el poder y su habilidad de cabalgar en escobas del mal.
Son el tormento diabólico de los mujeriegos, les chupan el cuerpo dejando moretones en cuello y arañazos en la espalda; ellos las ahuyentan con ruda, amapola o crin de caballo. Todavía en Popayán rondan sus conjuros y vuelos tenebrosos.
Se dice que algunos líderes inescrupulosos acuden a sus servicios para confundir a los electores y desfalcar el erario.
******************************
Otras publicaciones de este autor:




