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Lunes, 19 de octubre de 2026

Largas vidas se apagan entre sufrimientos, a pocas cuadras del centro de Quilichao

“Campito” hasta hace unos años era el sector rural más cercano al centro de Santander de Quilichao, a unas pocas...

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Alfonso Luna elecciones 2014
Por Alfonso J. Luna Geller / Fotos: Alexis Fernández y Proclama del Cauca

“Campito” hasta hace unos años era el sector rural más cercano al centro de Santander de Quilichao, a unas pocas cuadras del parque principal, Francisco de Paula Santander, adonde los muchachos íbamos en galladas a disfrutar de la quebrada “Aguasucia”, y a hacer “arroz-secadas” con papa y atún, o con las sardinas que allí pescábamos, cuando todavía resbalaba agua limpia por los charcos en que nos zambullíamos, hasta antes de que el arroyo pasara por el antiguo “matadero” de la población, desde donde salía contaminado. Después, a la quebrada le cambiaron el nombre por “Aguaclara” para distraer a tanta gente preocupada por su deterioro y que exigía saneamiento.

Cuando murieron los propietarios legítimos del sector, constituido por dos o tres atractivas fincas, y que está rodeado por los barrios El Rosario, El Canalón, Nariño y Villa del Sur, fue paulatina e ilegalmente convertido en asentamiento urbano subnormal por algunos avivatos, una especie de cartel de tierras, que defraudaron a muchos compradores de lotes, llenos de anhelos, necesidades y esperanzas, quienes lo bautizaron como barrio “Campito”. Quedaron allí atrapados.

Este sector fue visto por los politiqueros busca-votos como una oportunidad, y por eso, a pesar de su ilegalidad, le implementaron rudimentariamente algunas vías, líneas de acueducto, redes eléctricas, le asignaron recolección de basuras, e inclusive gas domiciliario, pero nada de alcantarillado, para eso está la quebrada “Aguaclara”, ni siquiera su inclusión en el Plan de Ordenamiento Territorial por no existir titulación de predios.

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Como la Administración Municipal nunca le paró bolas al asunto, a pesar de que frente al sector el Ministerio de Justicia y del Derecho construyó dos veces la Casa de Justicia y Convivencia Ciudadana, porque antes de ser inaugurada la volaron con explosivos, el problema de la ocupación ilegal de predios se fue agrandando. Los del “cartel” siguieron vendiendo pequeños lotes y los politiqueros fueron patrocinando nuevas invasiones con tal de ir sumando voticos. Llegaron despojados y desplazados por la violencia desde varios sectores del norte del Cauca, y del Valle; también del Putumayo y otros departamentos gentes atraídas por el florecimiento de la minería ilegal y el rebusque progresivo que ofrece Quilichao. Aquí hubo venganzas y homicidios, desalojos, asonadas, detenidos, marginamiento, exclusión… un tumor social maligno, duro, ulceroso, que tiende a invadir y destruir los tejidos orgánicos circundantes, que requiere atención urgente.

Qué pena con usted, amable lector, anuncié una crónica sobre las “largas vidas que se apagan entre sufrimientos, a pocas cuadras del centro de Quilichao”, y me estaba desviando del relato por concentrarme en el entorno donde ocurren. Pues bien, hace unos días la Fundación Anim descubrió que una pareja de ancianos vive en condiciones deplorables en la invasión, sector conocido como “Nueva Colonia”, con 16 perros y 8 gatos, en condiciones de hacinamiento en un solo aposento, obviamente, muy mal de salud.

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El pequeño lote de 15 por 10 metros, rodeado de matas de plátano, un guamo, un árbol de pan, un guayabo y otras yerbas, donde construyeron su cambuche hace casi 20 años doña María Quiteria Valdés, de 78 años, oriunda da La Cruz, Nariño; y su esposo Gustavo Tróchez, de Morales, Cauca, con 76 años, sin hijos, no tiene ni siquiera letrina, el agua la toman de un aljibe casi seco; en un tendido que semeja una cama grande conviven indistintamente los animales con la pareja; tienen al lado algo similar a una rudimentaria cocina de leña, sin alimentos para preparar; y cuando llega la noche encienden velas para moverse en medio de un indescifrable reguero de cosas, en techos, paredes de plástico y los pisos de tierra.

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“Los viejitos aceptaron ser ayudados pero con la condición de no dejar abandonados sus animales… Estuvieron asistiendo 3 días al comedor comunitario pero no volvieron y no aceptaron ser trasladados al ancianato por miedo de perder sus cosas y el poco terreno en el que están…”, nos contó Alejandra Burgos Galvis, vicepresidenta de la Fundación Anim, a quien acompañamos a una visita que hizo al sitio junto con dos voluntarias, preocupadas ellas por llevar alimentos a aquel grupo de seres, aún vivos, cuyas facciones están evidentemente golpeadas por la miseria y la vejez, quizás prematura.

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“El año pasado la Fundación les había sacado algunos animales, pero ellos siguen recogiendo, a pesar de que no están en condiciones de cuidarlos por su edad y por la falta de recursos. Ellos lo hacen de buena fe, de querer ayudar a los animales pero se han convertido en acumuladores, afectando tanto la vida de los animales como la de ellos. Pues viven en medio de sus heces… es más, aquí, al lado, han enterrado a algunos animales que han muerto…” nos relata Alejandra, y agregamos, en medio de asquerosos olores que no nos permitieron ni siquiera tomar las fotos con mayor detalle, a pesar de la amabilidad y ternura de doña María y de don Gustavo.

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Cuando llegamos, al intentar ingresar al sitio, es estridente la bienvenida de los 24 animales ladrando y maullando simultáneamente advirtiéndole a la pareja que alguien extraño se acercó. Para permitir la entrada sale la singular pareja con unos palos para, con autoridad física, indicarles a perros y gatos que deben dejar entrar a los invitados, y poder estirarnos sus manos arrugadas, temblorosas y negras, que develan su estado de mendicidad.

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“Los animales serán esterilizados y dados en adopción pero se necesitan hogares de paso, muchos se encuentran en mal estado de salud. Pedimos a la comunidad quilichagueña se sume a ayudar para poder sacar los animales de este lugar y los viejitos puedan estar tranquilos y poder ser llevados a un lugar digno donde puedan pasar su vejez en paz”, nos confiesa, casi rogando, la vicepresidenta de la Fundación Anim, y explica que “Lucelly Bernate, coordinadora del programa adulto mayor de la Alcaldía, asistirá con una sicóloga para ir convenciéndolos y gestionar su traslado”.

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Mantuvimos con la pareja de ancianos una conversación interesante, tanto que don Gustavo, entre otras cosas reveló que en asuntos de política toda su vida ha sido un “conservador de izquierda”. Aunque sin quererlo, sus ojos melancólicos transmiten una desgarradora impresión, en un sitio, que a pesar de estar apenas a 4 cuadras del parque principal de Santander de Quilichao, sigue totalmente aislado de la sociedad, del desarrollo y la modernidad. Es más, al consultarle de qué vivían cuando no le llegaban ayudas, confesó que su “negocio” eran los animales, porque los alimentos que para ellos recogían también servían para su propia supervivencia, además, “viven bien” porque ni al perro ni al gato les importa el éxito social, profesional o económico de sus compañeros de vida, al contrario, son su fuente de energía, estímulo y afectividad que no falla nunca. Por eso, Gustavo tampoco pierde la esperanza que lo mantiene vivo: que lo vuelvan a contratar para desyerbar terrenos, que es como ganaba algo.

Humanos y animales a la deriva, náufragos de una sociedad insensible que necesita un cambio profundo. Es otra triste historia de nuestros viejos, que no son producto de la invención literaria como en muchos relatos garciamarquianos, sino seres cercanos a nosotros, condenados a la soledad, la miseria y las condiciones más deplorables, abatidos por la desventura del hambre, ante quienes tal vez hemos sido indiferentes, lo que impide que puedan llevar una vida digna.

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Redacción Proclama del Pacífico

Periodismo verificado desde Santander de Quilichao, Cauca.

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