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Viernes, 9 de octubre de 2026
viernes 8 junio, 2012 a las 8:29 pm


Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Colombiano

El ser humano es frágil. Su naturaleza compuesta de piel, carne, huesos, vísceras, neuronas y sus cualidades que emergen de su cerebro hacen de él el animal más vulnerable e indefenso. Su voluntad, su fuerza, su capacidad de crear y fabular lo pueden proyectar como el menos adaptado que los demás animales sobre la tierra. Las condiciones del ambiente que lo rodean lo acorralan y amilanan con el paso de los días.

La superficie del planeta no le ha sido suficiente al hombre para cumplir sus fines. Hasta la riqueza de los polos y las cumbres con sus glaciares han sido tocadas por la ambición de hallar tesoros debajo de su capa congelada. Las selvas han sido taladas y aserradas y su fauna y flora, saqueadas. Los mares, hollados con petróleo, carbón y contaminantes de toda clase. Los ríos, desviados y secados por la irracional utilización de sus proximidades para explotaciones mineras. La sed de dinero, de enriquecimiento ha desbordado la necesidad individual.

Cada quien quiere aprovecharse de lo que encuentra a su alrededor y maquina cómo apoderarse fácilmente de ello. No importan los medios, las asociaciones maquiavélicas y los métodos más escalofriantes. La política se alió con las mafias de las armas, de las drogas y de las rutas para comerciarlas. Los bancos penetraron hasta los bolsillos de los asalariados y bancarizaron toda la actividad humana.

Fuera de eso los medios de comunicación juntos –TV, radio, cine, canales privados, internet- distribuyen mensajes subliminales y directos que incitan a la violación de la intimidad, a la invasión de todos los espacios donde hay un ser humano, hacen apología del crimen y de los criminales con la publicidad de sus hechos, y la industria editorial favorece como bestsellers a las novelas que pregonan el vicio y el crimen. Las películas de sangre y fuego y mal trato y lenguaje agresivo alimentan la crueldad y el ansia de venganza. Y nadie controla nada. En aras de la libertad.

Parece un panorama apocalíptico e irreal. Pero a este extremo estamos llegando. El consumismo nos ha llenado los ojos de su espectro de banda ancha. El ansia de tener más, de poder, de avasallar el terreno del otro, el desenfado en las expresiones verbales y en las costumbres, se muestran como deseables. La farándula y sus exageraciones se presentan como íconos para la juventud y hacen parte del área donde se mueve el llamado jet set.

La salud física y mental del hombre de la calle se ha resentido. Parece que la capacidad de resistencia a la inequidad, al mal trato de los gobiernos, al desempleo ha llegado a un límite impensado. Fuera de eso, el cambio de clima, por el calentamiento global, el invierno y las quemas de bosques están siendo pan de todos los días.

Nuestra sociedad está enferma. No son casos aislados el de Rosa Elvira, el de Colmenares, de los que se devoran los rostros de sus amigos, el de los Nule, lo de las EPS, lo del carrusel de las pensiones y los altos salarios y los privilegios con la gasolina y los celulares de los congresistas por fuera del alcance del hombre común. Y los hospitales hacen huelga porque no tienen como sostenerse. Y se pierde la gente en la calle y se pasean los desempleados sin saber “para dónde coger”. Y se compran armas para matar más guerrilleros y controlar a los jóvenes en las comunas.

¿Esto será tarea de jueces, de curar heridas, de restituir bienes o de pedir perdón por las masacres y la violencia? ¿Y el mandato constitucional de velar por la vida y el juramento al tomar posesión del mando, en dónde quedan?

¿O dejaremos que los medios nos entretengan con buscar talentos en otro “Yo me llamo” o con “el régimen de Salud, el patrón de los males” en Colombia?

08-06-12                                                    11:30 a.m.

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