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miércoles 20 abril, 2011 a las 10:13 am
LA SERPIENTE EN EL PARAÍSO

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

La palabra animal, en el lenguaje ordinario, la usamos los seres parlantes para designar a los seres que no ligan palabras y no demuestran con ellas con sonidos o con la escritura, si piensan o sienten como nosotros. Además, solo el humano es capaz de producir y transformar. Un delfín o un perro o una serpiente pueden manifestar de muchas maneras que entienden. El delfín dará saltos y emitirá sonidos, el perro batirá la cola y ladrará y la serpiente reptará, hará sonar su cascabel y levantará la cabeza al avanzar. Ni los perros de pedigrí pudieron jamás hacer su propia perrera.

Los libros míticos y las leyendas de muchos pueblos nos narran que en el inicio de los siglos un hombre, – Adán- y una mujer, – Eva- habitaban en un lugar ideal, que se ocurrió llamarlo “Paraíso”. Allí disfrutaban de sus frutos, del bienestar que resulta de la armonía del paisaje y la paz de la naturaleza Su vida consistía en mirarse mutuamente a los ojos, sin pensar si había comida o si hacía frío o calor. Nada les faltaba y no necesitaban brasier ni calzoncillos, porque sus acciones estaban cubiertas de inocencia.

No era el paraíso un lugar arreglado con jardines colgantes, -como La Alhambra- ni con lagos artificiales o árboles plantados a propósito. O que alguno de ellos se destacara, como un baobab, y tuviera las propiedades de un ser inteligente para distinguir el bien y el mal. Seguramente había animales salvajes, aves, árboles de multitud de especies, correría un río, habría en las cercanías un lago, salía el sol y habría ocasos maravillosos y la luna acompañaría sus caminatas en la noche.

Ni el paraíso sería un lugar como hoy llamamos una finca o un chalet campestre, con yacuzzi, piscina, cerca al mar con yate y jet incluidos y servidumbre a disposición de ellos a toda hora. Era el paraíso, más que un lugar, un estado, un modo de estar de deleite y de apacibilidad del ánimo. Nadie les disputaba su espacio. Y, tal vez, las fieras, que ellos empezaron a domesticar y convivieron a conveniente distancia.

Nos narran los autores primitivos que Adán y Eva estaban advertidos que podían comer del fruto de todos los árboles, con excepción del manzano que les fue señalado como “el del bien y del mal”.

Seguramente pensaron muchas veces “comer” de ese árbol prohibido. Ni se sabe cuánto tiempo vivieron sin probar bocado del fruto de tal árbol. Lo rodeaban y miraban, se acercaban bajo su fronda pero se alejaban temerosos de que algo grave sucedería. Y, a la séptima vez como lo dirían el tarot y los psicólogos, pudo más la curiosidad y el deseo que la voz de la autoridad.

En ese momento nació el pecado en el pequeño mundo de los humanos. El más grave. Nació para la sociedad lo que Moisés luego llamaría el sexto mandamiento.

El mito dice que el fatal hecho sucedió porque una serpiente habló al oído de Eva y la convenció de que comer manzana los haría poderosos a los dos y les enseñaría lo que es el bien y el mal. Adán era la serpiente y Eva era la manzana. Y así fue.

Ese hecho cambió sus vidas. De inmediato perdieron la inocencia y los privilegios y delicias que da la soltería. Y el mundo comenzó a poblarse porque hombres y mujeres quisieron comer también manzana. Ese fue el fin del paraíso inicial. Cada hombre se convirtió en serpiente que susurra al oído de su amada e invita a que prueben la manzana. Así llegó la obligación de trabajar con sudores para ganar el pan y aparecieron todos los males y pecados que hoy llenan libros, hospitales y cementerios.
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