La segunda, es la vuelta


El problema no es que el tipo se demore una hora acicalándose la barba o que sólo le sirvan los barberos de Miami, ni que se jacte de utilizar diez lociones al día, ni que se ponga sombreritos de pipiripao, ni que se enfunde la camiseta de la selección de Colombia —que es propiedad de todos los colombianos—, ni que se entube sus pantalones para forrar aquello por lo que se considera bien servido, ni que se meta en una urna blindada, ni que se ponga chalecos antibalas por encima, ni que su habilidad de saltimbanqui se acompañe con pirotecnia por debajo, ni que lo represente el animal que a pesar de su ferocidad trabajó años en los circos gruñéndole al domador, mientras llegaron los defensores de la vida a salvarlo. No. Nada de eso es el problema, tampoco su histriónico lenguaje, exclusivamente.
Todo lo anterior es el performance de un pequeño camaján millonario con ínfulas de padrino y un inmenso rabo de paja —no de silicona, ante todo el respeto—, producto de su actividad profesional que parece más un prontuario que una hoja de vida. El problema de fondo no es que gane Abelardo y pierda Iván, cada uno de ellos tiene su vida resuelta. En un arranque de honestidad que raya con el desparpajo ya lo dijo la esposa del primero: “no pasa nada si perdemos”. La cuestión es que si gana Abelardo pierde Colombia, pierde el país —he ahí el riesgo, el veredero problema—, en sectores donde el avance lo reconocen incluso opositores, casi toda la academia y buena parte de la comunidad internacional. Los indicadores están a disposición del que quiera verlos. Tampoco pierde Petro, ni el Pacto Histórico, con todo y sus yerros y megalomanía. Pierde una parte de la sociedad que alcanzó en cuatro años lo que le ha sido negado en 200 años.
A Abelardo los escándalos y las denuncias no lo rozan, al contrario, lo han elevado porque el colombiano promedio las avala y reconoce el él y en ellas, lo que anhelan para ellos: estar por encima de los demás en todos los sentidos y a costa de lo que sea. No importa si es con riqueza mal habida o como vencedores en unas elecciones basadas en el engaño. En cambio, Iván Cepeda, es todo lo que la mayoría condena: la prudencia, la circunspección, el argumento, el respeto, la empatía, la pausa. Y note usted que no menciono la inteligencia, porque los dos candidatos que van a segunda vuelta son inteligentes. Que el abogado haya puesto la suya siempre al lado del todo vale y el delito; y el filósofo de parte del pensamiento crítico y el servicio social, es otra cosa. Todos sabemos que la inteligencia se disfraza de astucia y se pone al servicio de cualquier mafia y las hay de todos los pelambres. Y Colombia tiene varios ejemplos millonarios.

A una sociedad polarizada desde siempre, que consume información en pedacitos, sin contexto y videítos hechos con inteligencia artificial, le cuesta discernir entre lo que le conviene a las mayorías y, por ende, al país. Porque lo que realmente determina la elección de los gobernantes en Colombia, es la emoción y no la razón. Amén de la trampa y la corrupción. Los temas profundos son llevados a la banalidad y la simpleza de frases que calen hondo en el colectivo. Y allí caben el “vivir sabroso” y el “destripar la izquierda” hasta el “firmes por la patria” y el es “mejor tibio que turbio”. Todo apunta al lenguaje. Pero no al lenguaje entendido únicamente como gramática o retórica, sino al lenguaje en su dimensión más amplia: como herramienta de construcción de significados, de diferenciación simbólica y de discusión y persuasión a través del discurso.
En una patria que no ha dejado de ser boba, saturada de desinformación, donde los liderazgos promuevan odios y no ideas, donde las propuestas escasean y abundan los eslóganes, donde el dueño del medio modela el mensaje, quien comunica mejor, gana. No porque engañe necesariamente —y sí que lo hacen—, sino porque logra que el ciudadano perciba un valor agregado que el contrincante, con el mismo producto en la mano —la realidad social—, no es capaz de transmitir: ¡Triunfo! Desde las reyertas entre criollos y chapetones, centralistas y federalistas, bolivaristas y santanderistas, godos y cachiporros, liberales y conservadores, campesinos e indígenas, guerrilleros y paramilitares, etc. siempre emerge el gran caudillo, ese ser mesiánico, salvador absoluto, mago benefactor, ilusionista de marras que realizará el milagro. Y entonces vuelven a caer los incautos, porque en Colombia el populismo no tiene bandera, ni partido. El caudillismo ramplón, ese que ha caracterizado nuestra historia, se copia y se trasmuta, con alguna variación que en estos tiempos recae en la tecnología, para que los mismos de siempre permanezcan al mando de la sociedad, exploten al pueblo y determinen su destino.
En culturas como la japonesa se privilegia la honestidad, en la china el trabajo, en la árabe el conocimiento, en la inglesa la puntualidad… y por lo general en estas y otras culturas milenarias, se privilegian los valores, los principios, la palabra y la argumentación, la precisión de los conceptos; pero en culturas como la estadounidense se privilegia el consumo y en las latinoamericanas —determinadas por la influencia y dominio gringo— el individualismo. La postración es tal que el sálvese quien pueda es una norma tácita. No hay un concepto de unidad, cada grupo social lucha por su reducto, su empleo, su contrato o su privilegio. Pareciera que la única forma de salir adelante que conciben muchos de los excluidos es el rebusque y su forma de comunicación es la jerga, esa variación del lenguaje que crea sentido para un grupo que se identifica. Y en ese contexto, quien les hable en esa jerga, es quien se lleva los votos. ¡Esa es nuestra realidad y nivel educativo!

Por eso un abogado marrullero, burdo y estridente, ha sacado cierta ventaja. Por eso el filósofo no ha logrado conectar del todo. La psicología cognitiva ha demostrado que el cerebro humano opera mediante dos sistemas: uno rápido, que es más intuitivo y emocional, y uno lento, reflexivo y analítico, siendo el primero el que domina en la mayoría de las decisiones cotidianas. Poder pensar por sí mismos, es fundamental no solamente para tomar una decisión electoral o para tener competencias laborales, sino también para volvernos más humanos, más comprensibles, más empáticos. Pero no estamos educados para eso, ni por la familia, ni por la escuela, ni por los medios. Interpretar la realidad, construir argumentos sólidos y tomar decisiones conscientes, no es una cuestión de campañas, de jingles, de memes, de insultos y puestas en escena, sino de educación.
En Colombia no hay tigres —más allá de Radamel Falcao y otros jugadores de fútbol del pasado como Gareca, Benítez y Castillo—, pero el apodo en Abelardo pesa más que el nombre porque es una máscara textual. Si al futbolista se lo adjudican por su fiereza en el área y el delincuente lo utiliza como escudo ante autoridades y el hampa, él lo asume como símbolo de estatus e intimidación para sus rivales. No utiliza su segundo nombre, Gabriel, acaso por considerarlo muy angelical; ni su segundo apellido, Otero, tal vez por ser muy ordinario y del populacho, que detesta. Se podría responder a esto y jugar con las mismas cartas, pero el lenguaje por sí solo no basta. Ser consecuente con las ideas es no ser obediente con el neuromarketing político. ¡No me imagino al jaguar Cepeda!
Si bien el jaguar es único y letal, además de ser el felino más grande América, este hombre de paz jamás apelaría a un animal cuyo nombre deriva del guaraní yaguareté y traduce la “fiera que mata de un salto”. Pueda que salte y tiene cómo, con qué y con quiénes hacerlo en segunda vuelta, pero nunca diría que se le cayó la vuelta. Digamos sí que la visión del tigre es limitada y que depende más del olfato. Que contrae rabia y moquillo. Que a pesar de su tamaño su estructura ósea es débil y de ahí su atracción por las presas débiles y fáciles. El fondo político de Abelardo es deficiente y su propuesta hueca. Y en un país responsable, ninguna comunicación simbólica, por billete que le inyecten, puede sostenerse más allá de la emoción pasajera. Toda argumentación honesta debe enfrentar sus contraargumentos. Y el de mayor peso en este momento es la honestidad.
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