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Lunes, 12 de octubre de 2026

La República Popular del Cauca es una falacia

La República Popular del Cauca es una falacia

La República Popular del Cauca es una falacia

«Caucanistán» es ignorancia

Tuve el infortunio de leer a un tal Bernardo Peña Olaya porque un amigo me envió por WhatsApp una columna publicada en El País de Cali (https://www.elpais.com.co/opinion/columnistas/republica-popular-del-cauca-2447.html).

Alfonso Luna Geller

Lo que escribe aquel sujeto tiene algo de cierto: Petro no ha sido capaz de salvar un departamento sometido a un deterioro criminal de décadas. Pero ahí se queda corto y, sobre todo, se equivoca de blanco. Porque las causas de su condición, como la minería ilegal, no aparecieron en este gobierno, el narcotráfico tampoco comenzó en 2022 y mucho menos somos los caucanos —indígenas o afros— los beneficiarios de esa economía de muerte.

Los que de verdad se llenan los bolsillos con el oro ilegal, la cocaína, las armas que entran por los puertos clandestinos del Pacífico y el contrabando no viven en Corinto, ni en Toribío, ni en Suárez. Están disfrutando sus riquezas en las capitales, y también en las calles de Washington, Nueva York o Miami, donde se aglutinan los mayores traficantes y consumidores del planeta. Esos negocios no los manejan campesinos del Cauca, sino grandes mafiosos gringos y colombianos, con abogados de lujo y fortunas guardadas en paraísos fiscales. A ellos no los tocan cuando hablan de “República Popular del Cauca”.

Antes de declarar que Colombia perdió el Cauca por culpa de Petro, habría que estudiar un poquito de geografía y la historia patria. La destrucción del Cauca viene de mucho antes, incluso desde cuando era el Estado Soberano del Cauca, llamado coloquialmente el «Gran Cauca», porque era el más grande​ y rico​ de los Estados Unidos de Colombia. No fue Petro el que empezó a despedazar esta tierra que abarcaba desde Chocó hasta el Amazonas. Esto ha sido un proceso largo y sistemático en el que han participado, gobierno tras gobierno, los mismos señoritos de apellidos ilustres, herederos de una “realeza” que posa de decente mientras lava sus bajezas culpando al vecindario.

La guerrilla nos masacró y arrasó pueblos enteros durante décadas, en todos los gobiernos. Después llegaron otros actores armados a repetir el libreto. El Cauca, los caucanos somos víctimas; y ahora, en vez de asumir la responsabilidad histórica del Estado y de las élites, se inventan el chiste de “Caucanistán” para reducir toda esta tragedia a un chascarrillo de columna de opinión. Bonito negocio: estigmatizan al departamento, borran matices, meten en el mismo saco a víctimas y victimarios, y se lavan las manos.

Hay que leer, estudiar, formarse, conocer la política y la historia de este territorio para hablar en nombre de una comunidad a la que yo sí pertenezco como víctima directa de esta tragedia. No necesito que me cuenten cómo se ha ido pudriendo el Cauca: llevo más de 70 años viendo cómo se cocina la misma receta, con distintos cocineros, en Bogotá y en las otras capitales.

La perorata esa del tal Peña no es cierta. No basta con repetir que aquí todo está perdido, que esto es “tierra de nadie”, que mejor prohíban venir al Cauca. Esa es la mirada cómoda de quien solo ve lo que confirma sus prejuicios. El Cauca está herido, sí; pero no es un país aparte ni un experimento exótico para la pluma del comentarista de turno. Es un departamento al que le han hecho la guerra todos: guerrillas, narcos, paramilitares, empresas legales e ilegales, los corruptos que siempre lo han gobernado y no vale la pena nombrarlos aquí porque tendría que hacer una clasificación clasista, y un Estado que casi siempre llega tarde o llega mal.

Claro que hay que seguir luchando por salvar al Cauca. Yo estoy en eso desde hace más de siete décadas y no me pienso cansar ahora. Por eso molesta que se hable de esta tierra como si aquí no hubiera gente decente, organizaciones vivas, procesos comunitarios, periodistas, líderes y ciudadanos que siguen poniendo el cuerpo para que esto no se hunda del todo.

El País, que alguna vez fue un diario respetable, tampoco debería prestarse para publicar textos que estigmatizan un territorio entero y legitiman la idea de que hay departamentos “perdidos” que ya no valen la pena.


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Alfonso J. Luna Geller
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