La presidencia de Simón
Por: Luís Barrera
La gente que triunfa en este mundo es gente que se lanza en busca de las oportunidades que quiere y, si no las encuentra, las fabrica. Los jóvenes no deben temer a la política. Por el contrario, deben intervenir en ella para mejorarla y, con ello, mejorar la Patria.
Cada día debemos de contar con mejores políticos. Causa gran complacencia en el desprestigiado mundo de la política colombiana que sea una nueva figura que hereda en los genes el gusto por esta actividad y quien llegue a la Presidencia de la Cámara de Representantes.
Aunque el acuerdo estaba cocinado desde el año pasado para la conformación de las mesas directivas del Congreso, el representante Simón Gaviria Muñoz, de 31 años de edad, fue escogido por la bancada liberal para ser el nuevo presidente de la Cámara en la legislatura que se inicia a partir del 20 de Julio.
Simón Gaviria rompe un récord que hasta el momento ostentaba su padre, el ex presidente César Gaviria Trujillo: ser el presidente de la Cámara más joven de la historia. Gaviria Trujillo presidió la Cámara de Representantes cuando tenía 36 años.
Su hijo Simón cumple su segunda elección como representante a la Cámara por Bogotá, siendo un exitoso congresista que ha sacado adelante leyes como la portabilidad numérica (que empieza a aplicarse el próximo 28 de julio), y la de insolvencia económica para personas naturales.
El joven congresista sostiene que su designación, es un gran reto para la juventud y para el Partido Liberal, que en lo corrido del presente siglo no ha tenido la oportunidad de presidir institucionalmente alguna de las cámaras legislativas.
Para Simón es un gran honor y reto, pero una excelente oportunidad para el Liberalismo de recuperarse ya que aspira en estas elecciones regionales a ser la primera fuerza política del país, al conseguir el mayor número de curules para las diferentes corporaciones públicas, de acuerdo a lo que viene augurando el director de la colectividad, Rafael Pardo.
Simón Gaviria Muñoz, muy seguramente aprendió del legado de su padre lo que es un buen político. Pero ¿qué es un buen político? Buen político es aquel que logra entusiasmar a los demás y que se convence a sí mismo.
Buen político es aquel que piensa primero en los demás antes que en sí mismo y que considera que el mejor negocio es la honradez. Buen político es aquel que entiende que el incienso huele bien, pero acaba por manchar a la persona.
La vida política, lo decía Luis Carlos Galán, es una necesidad del ser humano. “Prostituir la vida pública en servicio de la administración pública, aunque sea por un fin bueno para la sociedad, es prostituir a la sociedad, hacerla menos habitable, empequeñecer a los hombres que en ella pueden darse”.
La política hay que renovarla y darles oportunidad a los jóvenes que vienen pidiendo pista. Los jóvenes deben participar en la política con la mayor naturalidad posible. En sus manos está el futuro de nuestros pueblos y del mundo.
Pero deben hacerlo desprovistos de pedantería. Queremos jóvenes que puedan ascender sin marearse. Esto nos hace recordar la frase de Cervantes, cuando aconsejaba a los jóvenes: «Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala».
La presidencia de Simón en la Cámara de Representantes es una oportunidad para los jóvenes políticos. Y una recomendación que debemos hacer a los jóvenes políticos, es de la ser siempre congruentes. No puede ser bueno un sistema en el que las palabras y los hechos se contradicen. Hay que ser fieles a la palabra y corresponder con la conducta, ya que si la palabra es importante, también -y en ocasiones más– lo son los hechos.
Hay políticos que se molestan al escuchar un discurso fuerte o al leer una crítica en la prensa. A ellos hay que recomendarles educación y tolerancia. Hay que tener la capacidad de escuchar sin alterarse y sin perder la confianza en sí mismo.
A los jóvenes que aspiran o se inician políticamente no hay que ponerles diques, ni muros. Por el contrario, hay que tenderles puentes e iluminar los caminos. Cada día deben crecer para ser más. Han avanzado, es cierto, pero lo que cuenta no es dónde están ahora, sino a dónde se dirigen.
El hombre ni la política son estáticas, sino un ser y una actividad en proceso de realización. Mientras más objetivos se alcanzan, más fielmente cumple su verdadera misión.
Lo que correspondería hacer, a nuestro entender, es devolver a la política su sentido de compromiso cabal. Es decir, aun admitiendo que es común que la gestión política sea afectada por los intereses de las “roscas” y de los grupos de presión, es necesario que esos vicios de conformación casi inevitables no pasen de ser meros engranajes partidarios o “acuerdos programáticos” sin convertirse en el motor del pesado paquidermo político.
Consignas, jerarquías implícitas pero arrogantes, y competencias sordas entre personeros del poder, cuyos protagonistas las conocen y niegan formalmente, ponen de relieve que en muchos casos la política se está tornando en un quehacer en sí mismo, en vez de ser lo que debe; esto es, una actividad volcada hacia fuera, hacia el exterior, hacia ese campo de experimentación que es la vida del país en lo que éste representa como posibilidad y como destino.
Si esto último no sucede no podremos quejarnos de la falta de participación ciudadana, en las próximas elecciones de octubre no ya de la de los muchachos que apenas se asoman a la vida práctica, sino de las generaciones que deben tomar en sus manos la tarea de realizarla. Sólo así podremos abrir el futuro.
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