LA NIÑA


Una familia iba por un camino, y en esas pasaron frente a Jesús, que estaba sentado a la orilla; ensimismado, mostraba una sonrisa serena; tal vez miraba adonde la vista común no alcanza, allí donde son uno el saber, la felicidad, y el amor santo. Al parecer, uno de ellos lo reconoció, y entonces pararon junto a él, y el hombre le dijo: “Te he visto enseñando en la plaza y, créeme, no desconfío de ti. Dime: ¿eres el Mesías anunciado por las escrituras?» Jesús lo miró; parecía auscultar su alma, y tras un momento, le dijo: “¿Si no desconfías, por qué lo preguntas? Si acaso tienes fe, lo verás en ti mismo. Los hombres no verán al Hijo del Hombre sino cuando su propia estrella lo muestre en su interior, pero nada hay en tu mirada que lo pueda asegurar. Mientras tanto, escrutad la palabra de Dios; es como una semilla, pero generalmente ésta cae entre espinas, y entonces los cuidados, riquezas y placeres de la vida la ahogan, y así no aprovecha para nada”. Ellos miraron con cierta displicencia; algunos sonrieron, no contestaron, y el grupo siguió su camino. Pero una hermosa niña de ojos dulces, que iba de la mano de su padre, trataba de mirar hacia atrás; tres veces lo intentó, y luego le hizo un ademán de despedida con la mano. Jesús le respondió de la misma manera, y entonces pensó para sí: “Yo te alabo Padre, porque habiendo ocultado estas cosas a los sabios y hábiles, las has revelado a los sencillos”. En esas, la niña se escapó, volvió corriendo adonde él, aunque sus padres la llamaban a regaños. “Bendíceme, no he visto ojos como los tuyos; siento que de allí nacen ángeles”, le pidió. Y entonces Jesús le extendió su mano, y ella posó la suya en la de él. “Tú verás a los ángeles venir a tu alma, y entonces tus hermosos bucles brillarán más que el oro, y te darás cuenta cómo hasta las piedras vuelan”, le dijo. Y he aquí que ella sintió una felicidad desconocida entrar en ella, y vio alas en el firmamento de su alma. “Yo haré morada eterna en ti, y conocerás el manantial de las alas todo el tiempo de tu vida”, le aseguró Jesús, y después sopló sobre ella. Ella se alzó del piso, voló lentamente, y así volvió junto a sus padres. Todos quedaron mudos, asombrados, y entonces vieron cómo algo nuevo, desconocido, destellaba en esos ojitos felices que parecían un sol.
RVQ.



