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Lunes, 5 de octubre de 2026

La necropolítica como método electoral extremo

La necropolítica como método electoral extremo

Alfonso Luna Geller

En la arena política, la muerte solía ser un umbral de respeto y silencio. Sin embargo, en la Colombia polarizada de hoy, la línea se ha borrado por completo. La necropolítica ha emergido como una estrategia electoral extrema: el cadáver de una víctima o la memoria de un líder fallecido no es un objeto de luto, sino una herramienta para la propaganda. Este método cruel y oportunista transforma el dolor colectivo en combustible para campañas, incitando al odio y a la división con un único fin: obtener el poder.

Las honras fúnebres de Miguel Uribe Turbay se transformaron en un acto político. El duelo fue desplazado por la oportunidad electoral.

Inclusive, su padre, Miguel Uribe Londoño, no convocó al país a la reflexión. En la Catedral Primada, frente al féretro de su hijo, lanzó una consigna: “No podrán callar la voz de millones de colombianos pidiendo a gritos un cambio”. Y luego, sin pudor, sin pausa, sin respeto: “Tenemos una oportunidad única de frenar esta locura en el 2026, no la desaprovechemos…” Nombró al condenado Álvaro Uribe, jefe político de su hijo, como faro para retomar el poder. El luto quedó subordinado a la agenda electoral.

No fue un funeral. Fue un mitin. Un acto de reafirmación ideológica. Un espacio excluyente. Tanto que el presidente Gustavo Petro y su gabinete fueron vetados. No por protocolo, sino por ideología. Porque el duelo, para ellos, tampoco admite contradicción. Porque ni siquiera ante el cadáver se permite la diferencia.

La necropolítica como método electoral extremo

Pero esto no es nuevo. Lo vivimos el año pasado con Piedad Córdoba. La senadora murió en enero de 2024, y lo que siguió fue un festival político de insultos. No hubo silencio respetuoso. No hubo reconocimiento de su trayectoria. Hubo burlas, celebraciones. María Fernanda Cabal, senadora uribista, dijo que la muerte de Córdoba dejaba una estela de impunidad. Su esposo, José Félix Lafaurie, intentó un gesto de respeto, pero fue desautorizado públicamente.

Recuerdo también que esa vez, el senador JP – Jonathan Ferney Pulido Hernández, llamó delincuente a la fallecida senadora Córdoba. Él dijo que a ella “le llegó primero la justicia divina”. El exministro Luis Felipe Henao dijo que “se fue con muchos delitos a la tumba”. El concejal de Cali, Andrés Escobar, se refirió al fallecimiento y dijo que «Piedad Córdoba ha partido a su encuentro con Lucifer”. Escobar incluso celebró otras muertes de personajes públicos.

No hay límites. No hay humanidad. No hay compasión. La muerte, para ellos, no es un momento de recogimiento. Es una oportunidad para reafirmar la codicia. Para revictimizar. Para negar el dolor ajeno. Para burlarse de las madres de los falsos positivos, como lo hizo Polo Polo al tirar a la basura el símbolo de resistencia de las 6.402 víctimas civiles ejecutadas por el Ejército. Para negar la existencia de fosas comunes, como lo hizo Néstor Morales desde Blu Radio, al poner en duda los cuerpos encontrados en La Escombrera, en Medellín. “No sabemos si esos cuerpos son de víctimas de la guerra”, dijo. Y con eso, borró veinte años de búsqueda, de duelo, de dignidad.

Y entonces uno se pregunta: ¿qué nos queda? ¿Qué nos queda como país si ni siquiera la muerte nos une? ¿Qué nos queda si el dolor se convierte en trinchera? ¿Qué nos queda si el duelo se convierte en campaña?

Nos queda la palabra. Nos queda la memoria. Nos queda la capacidad de decir que no todo vale. Que no todo se puede usar. Que no todo se puede convertir en consigna. Nos queda la dignidad de quienes, aún en medio del odio, aún en medio del cinismo, aún en medio de la manipulación, siguen creyendo que la vida —y la muerte— merecen respeto.

Porque si no somos capaces de respetar al otro ni siquiera cuando muere, entonces no somos país. Somos apenas una suma de trincheras. Una colección de cadáveres usados como banderas. Una nación que se pudre en su propio duelo.

Lo que pudo ser un momento para unir a un país herido, se convirtió en un episodio más de división. Se prefirió cerrar las puertas a cualquier voz distinta antes que honrar a quien, en vida, participó en el debate democrático.


Imagen destacada: https://www.senado.gov.co/index.php/el-senado/noticias

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