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La luz difícil

La luz difícil
Jair Villano - Foto - Francisco García
Por Jaír Villano / @VillanoJair

Una de las experiencias que más disfruto de la lectura literaria es que en ella se abre la posibilidad de escapar del mundo personal para de esta forma adentrase al mundo de los otros. Algunos escritores, como Santiago Gamboa, creen que el ejercicio de esa lectura deviene una actitud más tolerante frente a la diferencia. Es posible que al entrar al universo de los demás se nos haga más fácil comprender el accionar de las personas; la literatura humaniza seres que por sus factos parecen inhumanos: Raskólnikov asesina, Alonso Quijano delira, Bruto traiciona, Emma Bovary es pérfida. En fin. Muchos son los personajes que, por protervos, locos, asesinos, libidinosos, que sean, nos hacen sentir sus pesares, y, muchas veces, uno termina por justificar sus actos.

Me he terminado por convencer de que una de las mejores maneras de acercarse a la realidad es por medio de la mentira. La mentira del universo literario, claro; esa que construye escenarios más reales que los que nos ofrece el mundo. Esa que nos acerca, nos distancia. Nos hace recordar que vivimos y que por esa condición la muerte es mucho menos lejana de lo que a veces creemos.

Sentir el dramatismo de la muerte a pesar de que se está en vida es lo que ofrece “La luz difícil”. Hacernos morir mientras leemos, para al final disfrutar la increíble sensación de la resurrección, como alguna vez escribió William Ospina.

La luz difícil

Tomás González nos recuerda que en la oscuridad también hay belleza, a través de los personajes nos demuestra que por muy aferrados que estemos a algo (o a alguien) no nos pertenece. Y entonces el dramatismo emerge de la misma forma en que las olas en el mar: con fuerza y contundencia.

Releer la novela en tiempos en que se vuelve a discutir la forma de hacer efectiva la eutanasia, sirve para reafirmar que la vida no es un deber sino un derecho. El único deber es respetar el derecho del otro, muy a pesar nuestro, muy a pesar de nuestros dolores.

Eso es lo que enfrentan David y Sara, los padres que comprenden que hay circunstancias en que la vida deja de ser digna y termina por convertirse, para quien la vive, en un estorbo. Su hijo Jacobo ha sido blanco de un accidente que le ha dejado parapléjico, y a partir de ahí no vuelve a ser el mismo. Despojados de certidumbres, envueltos en el sinsabor de lo que es a pesar de que no es lo que se desea, mohínos pero con una escondida satisfacción: que la ausencia de su hijo será doble: la de ese ser amado y ese padecimiento odiado. David y Sara sienten la intensidad de la existencia mientras la vida de uno de sus progenitores está a pocos minutos de concluir por su propia voluntad.

Comprender que el derecho a la vida es igual que el derecho a la muerte no debe ser fácil, razón tenía Pessoa “morir es solo no ser visto”. Pero ¿Si nadie nos preguntó si queríamos venir a este mundo, por qué alguien –digamos Dios– nos tiene que obligar a seguir haciendo parte de este?

Es un completo drama que creo haber comprendido mientras me deleitaba con las páginas de “La luz difícil”.

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