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Lunes, 12 de octubre de 2026

La luna es de queso… y la reparten en campaña.

La luna es de queso… y la reparten en campaña.
La luna es de queso… y la reparten en campaña.
Imagen: https://x.com/i/grok
Stella Ramírez Granobles
Stella Ramírez Granobles

Escuchar a los candidatos a la Presidencia y al Senado se ha convertido en un ejercicio de resistencia auditiva. Cada intervención pública parece una competencia olímpica de fantasía política: a ver quién promete más, quién ofrece lo imposible con mayor desparpajo, quién baja la luna —en forma de queso— y además la reparte en tajadas equitativas… sin impuestos.

Porque ya no presentan propuestas. Presentan milagros.

Prometen seguridad total sin explicar cómo desmantelar las mafias que durante décadas ellos mismos ayudaron a incubar. Prometen bajar impuestos para proteger a los megarricos.

Prometen empleo masivo sin tocar los privilegios fiscales de los grandes conglomerados. Prometen acabar la corrupción… como si no hubieran pasado por el Congreso, por ministerios, por gobernaciones, por alcaldías.

El discurso se volvió espectáculo.

La política, un circo donde el aplauso importa más que la coherencia.

Lo más sorprendente no es que prometan lo imposible.

Lo realmente inquietante es la facilidad con la que convierten cualquier cifra en plastilina. Hablan de billones como quien habla de confites.

Ofrecen subsidios universales, carreras técnicas en un año, megaproyectos inmediatos, soluciones mágicas.

Y cuando alguien pregunta “¿de dónde saldrá la plata?”, responden con una sonrisa y una metáfora patriótica.

La luna es de queso. Y el presupuesto, infinito.

Muchos de estos candidatos fueron congresistas durante años. Algunos apoyaron reformas regresivas. Otros guardaron silencio cuando el país se incendiaba en desigualdad.

Hoy regresan con voz impostada, como si acabaran de descubrir la pobreza, la inseguridad y la falta de oportunidades.

La amnesia política también hace parte del libreto.

En campaña todos son estadistas visionarios. Nadie fue cómplice de nada. Nadie votó leyes impopulares. Nadie avaló contratos cuestionables.

Todos son nuevos, aunque tengan tres periodos a cuestas y escoltas pagadas por el Estado.

Y mientras tanto, el ciudadano escucha. Algunos con ilusión. Otros con rabia. Muchos con resignación.

Pero la democracia no puede convertirse en una feria de ilusiones ópticas.

La política exige responsabilidad fiscal, coherencia histórica y memoria ciudadana. Porque prometer no cuesta nada. Gobernar, sí.

El problema no es soñar con un país mejor. El problema es vender fantasías sin sustento técnico ni ético.

El problema es tratar al electorado como público de show, no como ciudadanos pensantes.

La luna no es de queso. El presupuesto no es infinito. Y el país no necesita magos.

Necesita seriedad.

Tal vez el verdadero acto revolucionario en estas elecciones no sea creer en quien grita más fuerte, sino en quien explica con cifras, límites y riesgos lo que sí es posible hacer.

Porque entre el vendedor de humo y el político responsable hay una diferencia esencial: el primero ofrece el cielo; el segundo explica cuánto cuesta construir una escalera.

Y esa escalera, aunque no llegue a la luna, al menos se sostiene en la realidad.


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