La lucha será por la liberación del agua
No tanto por lo que haya expuesto el Presidente Chávez en la Cumbre de Copenhague, el mundo contempla sin preocupación alguna la apresurada destrucción de todas las especies vivientes.
Mientras el holocausto social y económico ocurre, los poderosos dueños y diseñadores de la conciencia universal recrean desde la catastrófica desaparición del planeta, utilizando los poderes simbólicos de la postmedia visual interactiva, hasta la promoción de sectas que adjudiquen la hecatombe al descarrilamiento de la moral individual y su influencia satánica, para liberar a los culpables del verdadero genocidio.
Tanta es la voracidad de los propietarios del planeta, dos mil quinientos son sus dueños, que en su entramado de negocios tienen como meta final apoderarse de los recursos hídricos del mundo, sin que pueda quedar cuenca fluvial alguna y acuíferos forestales fuera de su mortífero sistema financiero.
Copenhague obra, entonces, como un cósmico teatro político donde los verdaderos directores de la escena desde los tinglados de las multinacionales imponen protocolos que no menoscaben sus intereses económicos y permitan mostrar a la población mundial la esperanzadora función que necesitan.
Tramoyas, contubernios y conjuras contra la humanidad vestidas de humanismo, donde los protagonistas hablan de la “guerra necesaria”, como en los mejores tiempos de “la guerra justa” (bellum justum), con argumentos imperiales como el estado de necesidad, de emergencia suprema o de crisis extrema, que hablan por sí solos de las gravísimas carencias de agua y de petróleo que afrontarán las grandes potencias en contados años.
¿Por qué tanta oposición de los Estados Unidos al Protocolo de Kioto? Lo que está en juego es el llamado estado de bienestar, logrado precariamente a costa del empobrecimiento de los países dependientes. Mejor no lo podía definir el poeta español Jorge Riechmann, “los huracanes tropicales nacen del tubo de escape de nuestros coches y de las chimeneas de nuestras centrales térmicas”.
Oculto puesto de honor deben tener los “señores del petróleo y del agua”, los privatizadores de la vida en la cumbre de la tierra, para que no se salga de sus manos el control universal del agua potable, el agua de la vida que consumen las clases eufemísticamente llamadas más favorecidas, las consumidoras desde luego, pues a las de abajo les queda la lluvia ácida de la muerte, el agua de las cloacas y el agua contaminada de los residuos industriales.
Crear conciencia social militante sobre la democratización y defensa del agua debe ser una consigna del liberalismo progresista y los partidos alternativos, creando plataformas populares que hagan posible la participación protagónica de los ciudadanos, las ciudadanas y de la infancia para impedir que los “señores del agua y del petróleo” terminen dando el salto final y se apoderen de todos los recursos de la naturaleza.
Feliz Navidad a mis pacientes lectoras y lectores.
Puerto Ordaz, diciembre 18 de 2009




