LA ESPERA (Sombriel)


LA ESPERA (Sombriel)

Sombriel se excedía en soledad.
Tantos siglos viviendo en este mundo acostumbraron su paciencia a las ausencias infinitas; y su carácter místico, su temperamento melancólico y nostálgico, irían en profundidad rebasando todo anhelo posible, su retiro en las honduras de su propio ser. Luna y sol, su castillo, su gato Hermes y su paloma mensajera, eran los únicos custodios de su soledad.
Razón tenía, entonces, con sus reclamos reiterados a la solitud que seguro nunca cambiará, y que en un dibujo representó con líneas de plumilla en el último tiempo de su vida: «La Espera».
La amada…
¿cuál amada?
Nunca sus manos acariciaron las montañas, jamás la vi pisar las nubes, el ruiseñor no trajo su melodía secreta.
Nunca hubo un castillo con alfombras para recibir sus voces
en el Sendero de los Goces Lívidos.
Dulcinea, ¿dónde estás?
¿Acaso mis cortinas vieron desnudar tu cuerpo?
¿Acaso tus piernas se regaron en mi lecho, tu flor humedeció mis sábanas?
En mi espejo antiguo se refleja
solamente un candil… para alumbrar los siglos que me quedan,
y un lago oscuro donde se sumergen tus palabras.
Yo creía que las rosas tenían alas
y que el sol era liviano; que los ojos negros amaban más intensamente
y que ayer era mañana.
Así de loco es el amor… un riel por donde el tren se hiere empolvando los caminos.
Todo se cansa demasiado pronto…
los días, los rostros, las promesas,
antes de morir la tarde.
De ti sólo conservo un cabello negro y afilado; forma un dibujo largo, lánguido, en la bitácora que jamás estrené.
Y así, los días transcurrían más largos, los secretos se hacían más oscuros, sólo soportables al son de un vals imaginario en su torre que miraba al infinito.
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