La “eficiencia” oficial


Cuando uno llega a un organismo del gobierno, sea del ejecutivo, del poder judicial o de los de control, en cualquier nivel territorial, eternamente se estrella contra una “cola” de ciudadanos que buscan, al fondo, el reconocimiento de alguno de sus derechos. Infinidad de filtros para hablar con el decano oficinista, quien siempre, aparentemente, “está ocupado”, según responde como una grabadora toda secretaria.
Escritorios repletos de computadores y papeles, estantes atiborrados de documentos sobre asuntos pendientes, dictámenes, convenios, planes y proyectos con los que el burócrata malhumorado trata de cumplir miles de procedimientos administrativos, requisitos fiscales, regulaciones jurídicas, permisos, licencias, reformas, actas, sinfín de ordenamientos (o des-ordenamientos), siempre en trámite, casi nunca resueltos, hacen del empleado la “estrella” arisca del paseo por la inconclusa congestión a la que se acostumbró.
Es el paradójico cumplimiento de superfluos formalismos que desnaturalizaron la esencia del “servidor” público hasta convertirlo en supuesto “amo” de quienes debería servir. En las oficinas públicas, por ejemplo, confunden el término “mandatario”, que corresponde a quien debe cumplir el mandato, hacer el mandado, con el de “mandante” que identifica al que manda, al que les confía la representación y la gestión, nadie menos que el ciudadano. Los burócratas creen que es al contrario.
Entonces, aquella ‘admirable’ “eficiencia” no es para garantizar el cumplimiento de los fines del Estado, ni mucho menos la equidad, la eficacia y la economía, con el fin de proteger el patrimonio público, sino lo inverso, para asegurar la inmoralidad y la corrupción, que en este país se volvió “cultura” oficial.
Cuando uno llega a un organismo del Estado inmediatamente nota que lo de menos es la transparencia y moralidad en las operaciones relacionadas con el manejo y utilización de los bienes y recursos públicos; esos son asuntos exóticos en la mentalidad de casi todos los funcionarios, quienes se crecen y son felices haciendo trámites, no buscando resultados ni soluciones, sino entorpeciendo cosas, exigiéndole toda clase de pendejadas al pobre ciudadano, con lo cual aquellos se sienten y se hacen sentir muy importantes ya que con los protocolos adquieren capacidad para trabar todo y enrarecer el ambiente. Por eso, cuando uno llega a un organismo del gobierno, los nauseabundos olores de lo que se cocina adentro se sienten desde la entrada, pero se vuelve difícil tener libre y total acceso a todos los documentos y pruebas que soportan la gestión y el mandato; se han inventado toda clase de artimañas para volver imposible el acceso a las evidencias, a las causas exactas de lo cocinado y a los responsables de los apestosos olores.
Cada inversión, proyecto, plan o convenio es un ejemplo de lo dicho. Nunca superamos los rimbombantes anuncios, el contrato-plan como proyecto, las promesas, la planeación (que es la cocina), los órganos colegiados de administración y decisión, los multimillonarios presupuestos, que al final de cada período solo alcanzan a ejecutarse los rubros obligados y los que convenían a los intereses privados de los ejecutores y el resto de la bandola.
Mientras sigan confundiendo la “eficiencia” que tanto encanta, por lo mal concebida, con la “eficacia”, que se desconoce, nuestros burócratas seguirán descrestando incautos inventándose métodos cada vez seguros para ser “eficaces” pero en corrupción.
El cuento es que nuestra atrasada sociedad exige un alto nivel de competitividad, a través de una elevada capacidad de respuesta de los organismos del Estado para satisfacer sus necesidades insatisfechas (Competitividad = Eficiencia + Capacidad de respuesta = Eficacia). Existen elevados recursos y la burocracia necesaria para ejecutarlos. Es decir, no deberíamos vivir en una sociedad indigente como se evidencia en ciertos sectores, especialmente en el Cauca. Pero pertenecemos a las estadísticas de mayor pobreza y miseria sin justificación aparente.
Lo grave es confundir eficiencia con eficacia, porque así mismo se actúa; la realidad es que existe una gran diferencia entre lo uno o lo otro. Lo ideal es ser eficaz con eficiencia. La eficiencia es la relación entre los recursos utilizados en un proyecto y los logros conseguidos. Se entiende que la eficiencia se da cuando se utilizan menos recursos para lograr un mismo objetivo. O al contrario, cuando se logran más objetivos con los mismos o menos recursos. En nuestro caso colombiano generalmente se utiliza la mayor cantidad de recursos con nulos o mediocres resultados.
Respecto a la eficacia, es la capacidad para lograr resultados. En nuestro país los resultados también saltan a la vista, son invisibles para las regiones más abandonadas por el Estado, así se le inyecten los recursos necesarios para que no lo fueran.
En resumen, podemos ser eficientes sin ser eficaces, que es lo que generalmente ocurre con esta burocracia nuestra, claro que también podemos ser eficaces sin ser eficientes. Lo ideal es ser eficaces y a la vez eficientes, y sería una efectiva fórmula para combatir la corrupción, pero precisamente este equilibrio no funciona en los organismos del gobierno que nosotros conocemos. Padecemos entonces los resultados reflejados en estadísticas.



