La descertificación

La certificación de la hipocresía gringa

Estados Unidos acaba de desempolvar su vieja arma diplomática: la descertificación. Con ella pretende castigar a países que, según su criterio unilateral, no hacen lo suficiente contra el narcotráfico. El mensaje es simple: si no obedecen nuestra receta, les quitamos cooperación, preferencias comerciales y los marcamos en la lista negra internacional.
Pero más allá de la retórica, la descertificación es un certificado de la incapacidad e incompetencia de Estados Unidos para controlar su propio consumo interno de drogas. Es la confesión, disfrazada de sanción, de que no han podido detener la autodestrucción de su sociedad a punta de cocaína, fentanilo y opioides.
La historia es clara: mientras Colombia, México y otros países ponen muertos en la guerra contra las drogas, los millones de consumidores norteamericanos siguen metiéndose por la nariz, por la boca o por las venas lo que les ofrece el mercado negro. Ese mercado, sostenido por la demanda interna, jamás desaparecerá con descertificaciones, fumigaciones o helicópteros Black Hawk.
Lo paradójico es que al recortar cooperación y debilitar alianzas internacionales, la descertificación puede incluso abrir más espacio a los carteles, que se adaptan a las sanciones y encuentran siempre nuevas rutas. Es un juego de espejos: Estados Unidos se da golpes de pecho contra el narcotráfico afuera, mientras por dentro alimenta la crisis más grave de drogas de su historia reciente.
El fondo del problema no está en las selvas del Cauca ni en los laboratorios de Sinaloa: está en las calles de Nueva York, en los suburbios de Ohio, en los hospitales desbordados por sobredosis.
La verdadera guerra antidrogas no se libra en los Andes sino en las propias ciudades estadounidenses.
Esa es la batalla que Washington no se atreve a dar de frente: exigiría desmantelar intereses políticos, farmacéuticos, económicos y culturales entrelazados, y enfrentar a poderosos carteles de narcotráfico cuya operatividad transnacional y vínculos con actores económicos y políticos han sido, en la práctica, tolerados o tratados con una ambivalencia que dificulta la justicia internacional
Por eso, cada vez que anuncian una descertificación, lo que en realidad hacen es culpar al vecindario de sus propios demonios. Señalan hacia afuera para no reconocer que la raíz del negocio está adentro. Así, convierten una política exterior en un acto de soberbia diplomática que no salva vidas ni reduce consumo, pero sí mantiene viva la ficción de que son los demás los responsables de su decadencia.
En conclusión, la descertificación no es una estrategia antidrogas: es la confirmación de la hipocresía gringa. Un certificado que le recuerda al mundo que, mientras reparten culpas, su sociedad se sigue autodestruyendo desde dentro.
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