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Martes, 6 de octubre de 2026

La ciudad de los niños (II)

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Fabio Arevalo Rosero
Fabio Arévalo Rosero MD*

“Dejad que los niños vengan a mí…” dijo un día un gran Maestro. ¿Por qué tuvo que enfatizar en ello, casi con recriminación? Porque era evidente que los adultos que se creían dueños del mundo menospreciaban a los pequeños, los consideraban poco útiles y estaban solo para crecer. Pero esa percepción ha persistido por los siglos de los siglos, hasta el punto que en nuestras ciudades los niños tienen vetada su libre participación y existencia en ellas. Solo los poderosos adultos tienen libertad para conducir ruidosos carros, mientras los chicos deben esconderse con sus juguetes, pelotas y bicicletas en lugares recónditos donde se atropella su libertad y se limita su desarrollo. Espacios alejados de la creatividad, que promueven opciones frívolas y pasivas con consecuencias lamentables para el futuro adulto.

Son urbes que se han concebido de manera que solo puedan sobrevivir los más fuertes, los más armados y quienes ostentan el poder. No son lugares públicos para débiles y vulnerables, como los niños, quienes para disfrutar del espacio de todos deben poseer buenos guardaespaldas. Ante este vacío, en el mundo de finales del siglo XX e inicios del siguiente, se genera un movimiento urbanístico que hace conciencia de las graves crisis en el espacio público y en una convivencia armónica. Por fin se entiende la necesidad de aportar en la preservación de un planeta más igualitario y sostenible. De allí que el proyecto «La ciudad de los niños» nace en Fano (Italia). Conjuntamente con otras iniciativas que promueven la adaptación del mundo al contexto de las primeras edades, sacrificando un poco el pertinaz avance comercial e industrial. La evolución del mundo empieza a retornar al cauce de lo humano tratando de invertir el paradigma dominante.

Rechazando una interpretación exclusivamente de tipo educativo o simplemente de ayuda a los niños, el proyecto desde del inicio ha tenido una motivación política; trabajar hacia una nueva filosofía de gobierno de la ciudad, tomando a los niños como parámetro de las necesidades de todos los ciudadanos. No se trata de aumentar los recursos y servicios para la infancia, se trata de construir una ciudad diversa y mejor para todos, de manera que los niños puedan vivir una experiencia como ciudadanos, autónomos y participativos. El proyecto se basa en diversas motivaciones, las más importantes y significativas tienen que ver con el con el compromiso político de hacer una ciudad más humana, más lúdica a partir de unos gobernantes serios y preparados. Dirigentes con criterio suficiente para favorecer una sociedad cuya esencia y definición está en las primeras etapas de la vida humana.

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